En fin. Podría contarles que estoy disfrutando de un Congreso sobre MERCOSUR (el FOMERCO, quien sea ávido de más información puede aprovechar las ventajas de la omnipresente Internet) lejos de todo pero bien cerca de eso que a uno parece hacerle feliz. Quizás hasta lo haga.
Pero por algún motivo me parece más divertido contarles sobre cómo me sorprende bajar del metró en estación Botafogo en la ciudad más linda que he conocido en mi breve y sedentaria vida -Río, dónde más- y descubrir que aquello que a uno le resulta sorprendente, extraordinario o maravilloso para otros puede ser simplemente parte de la vida.
Un hombre de unos 60 anhos en ojotas y pantalón corto con las bolsas del supermercado y la mirada apagada me mira, y yo no puedo dejar de pensar si notará en mi la ingeniudad de quien no pertenece a este ciudad y cree empezar a conocerla en su apenas segundo viaje. Fico aislada del mundo, la verdad, porque el Congreso dura de 8.30 a 21 cada día y es frente al Maracaná, o sea, bien lejos de la playa y la gaviota y esa imagen que las postales nos ensenhan, pero, como sea, no dejo de sonreir cuando me asomo entre teoría de integración y teoría de integración y veo el morro mirándome, ahí quietito, esperando que me escape. Yo lo hago aunque nadie se de cuenta, me voy volando como esa gaviota y planeo por encima solo para verlo más chiquito y abarcable.
Haciendo mi pesquisa de campo un maestrando me dice que olvida donde vive salvo los sábados que alguien lo invita a pasar el tiempo en la playa. Cómo hacer para dejar al tiempo hacer acá, no lo sé. Yo simplemente trato que me atraviese para volver llena de viento y lluvia y olor a mar -lo del viento y la lluvia no exagero, por suerte traje mi guarda chuva-.
¿Podrían acostumbrarse a esto ustedes? Yo, creo que no podría dejar de sorprenderme. Y sin embargo, recién un mes y medio de haber llegado ya siento que una parte de mi pertenece acá, que amanecer en San Pablo es tan familiar y conocido como en Buenos Aires. Lo único distinto son los mates.
Hasta la próxima, ya no desde Río, sino desde el mundo.
Convertir en verbo el sustantivo. Y en sustantivo el verbo. Agitar lo quieto para convertir lo momentáneo en eterno. Alguien me dijo que le sorprendía de mí el que tuviera que ver una foto para darme cuenta que estaba viviendo ese momento. Tenía algo de razón: si no hago palabras lo que vivo, lo vivo incompleto. Es la necesidad de ver que ese momento no se perdió. Este será un lugar para llevarlos y llevarme conmigo de viaje. Bem- vindos!
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Guau! Un mes y medio ya! El tiempo vuela como esa gaviota! Te quiero
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