martes, 20 de septiembre de 2011

Sólo un grano de sal en el mar del cielo

¿Cuántas veces sentí que tenía ante mí el fin del mundo -de ese mundo, que es tantos-, de todo lo conocido, de todo lo que viví? ¿Cuándo fue la última vez que supe que aunque quisiera no podría volver atrás para recomenzar el camino? ¿Cómo sentirme al notar que hasta olvidé el camino de regreso?

¿Cuántas yo dejé ir? ¿Cuántas nunca conoceré?

Últimamente me persigue esta sensación profunda y de vértigo que pese a mis esfuerzos no puedo ignorar. Es un sabor que vuelve, un ruido que recuerda, una certeza que tímida se asoma. Es esta sensación poderosa y firme de saberme cada vez más otra. Saber que aunque volveré al mismo lugar el lugar será distinto porque no podré recuperarme. Y no es que quiera hacerlo; sólo temo al saber que aunque un día quiera no podré. Es el no poder aún sin quererlo. Es el que me sea prohibido. Entender que la vida va hacia adelante, de lunes a martes, de primavera a verano, de 23 a 24 y de ahí a 25, y de ahí al infinito. Pero saber que tiene un final. Y a medida que el infinito más se acerca, más olvido el comienzo. Saberme cada vez más dueña de mí y más lejos de aquello que me protegía. Saber que seré yo misma mi refugio y mi conquista, mis ráfagas, mi lluvia, mi sol, mi amanecer y mi universo. De día a noche, pero después, saber que siempre después, de noche a día, de lunes a martes, de primavera a verano. Que la oportunidad te mire a los ojos impaciente y saber que si no la abrazás morirá en tu ignorar. Pero vendrá otra. No poder con la ansiedad de todo lo perdido, pero entender, después de tanto tiempo, finalmente, entender, que hay que estar liviano para viajar y vivir y avanzar. Que de nada sirven mi colección de revista ñ, cartas de la infancia y adolescencia, cuadernos del secundario, tickets de cine, recuerdos de cuando me amaron, señaladores en los libros. Ni siquiera los libros. Nada de todo lo que atesoro entra en esa valijita en que solo cabe mi corazón.

Sentir que esto puede ser el fin de todo. Porque es el comienzo de algo tan grande que simplemente no queda espacio para nada más. Afrontar el desafío de curar mi sistemática nostalgia y apego al pasado para tratar de no perderme esta extraordinaria vida que pasa frente a mí, por volver a mirar mi colección de pedazos del pasado. Sentir que dejo ir una parte constitutiva de mí, y quizás con ella, me esté yendo yo misma. Llorar, llorar y llorar más. Olvidar hasta por qué estoy llorando. Sentir que quizás sea para limpiar esto que soy dentro. Pero estar tranquila porque este ejercicio es una acción afirmativa hacia el presente y hacia el futuro. Subir a lo más alto de lo alto para abrir los brazos, juntar los pies y saltar. Cerrar los ojos y dejar de conformarme con sentir tierra bajo los pies. Afrontar de frente hasta al viento, que cada vez más rápido barre lo que era mientras más me acerco al abismo. Amigarme con lo desconocido. Y con la soledad. Entender que nunca más seré la que era. Celebrar el que así sea. Esperar mi próximo día sabiendo que no sé nada de él. Y dormir tranquila.

Ser mi hogar. No mentirme. Elegir. Acostumbrarme a mudar de piel con cada estación. Y agradecer el poder hacerlo. Mirar al universo a los ojos y no dejarme intimidar. Sentir que es el momento de celebrar lo desconocido de mi futuro para vivir intensamente estoy que hoy soy y eso que puedo ser. Y saber que cuando vuelva tampoco seré esta, pero le guardaré el cariño que me merece. Sentir que me vuelvo cada vez más grande. Reconocerme en los errores y cansancios. Aprender que aquello que imaginamos nunca será como lo imaginamos. Dejarme sorprender. Sonreír solo por despertar. Repetirme que ninguna vida se hizo de días solo buenos. Repetirme que las palabras más bellas se hicieron del dolor, y quizás hasta las vivencias más bellas sean hechas de lo mismo. Entender que el camino va siempre hacia adelante. Recordar que si no estoy liviana no podré subir al tren, atravesar las nubes y llegar al centro del universo. Entender cuán dueña soy de mí. Agradecer a la vida lo salvaje e intenso e inabarcable. Agradecer a Dios estar acá, lejos de todo, hasta de mí misma, para volver a hacerme y vivir profundamente. Para abrazar esta tímida oportunidad que extiende su mano esperando convertirse en algo. Atraversarla, llenarla de mí y hacerle imposible que me olvide. Dejar de mirar las raíces para comenzar a trepar, para llegar a estar más cerca del cielo...


Pd. Mientras escribía escuchaba una y otra vez Somewhere only we know, de Keane.
pD2. La foto fue tomada un miércoles al mediodía en Plaza de Luz.
Pd3. Si pudieran deshacerse de una parte de sí mismos, para dejarla en este mismo texto que es en realidad un baúl donde puede descansar... ¿cuál sería?

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