viernes, 8 de julio de 2016

Ejercicio #1

Volvía gracias a impulsos encadenados por cierta cadencia. Salir de la universidad, buscar las escaleras, bajar. De ser posible no pagar, si ya es tarde, para qué. Doblar a la izquierda, bajar de nuevo, esperar detrás de la línea amarilla. Reaccionar ante la inminencia de la llegada del subte, prestar atención a la sirena, pie izquierdo pie derecho hacia adelante, varias veces, todas las necesarias. Buscar raudamente un asiento antes de que en la estación Independencia el flujo de estudiantes veinteañeros la convierta en una paria. Quizás alrededor todos creyeran que ella se sentía como el resto, pero lo cierto es que Laura sabía que estaba más cansada y derrotada que cualquiera. O, entendiendo que eso no podía ser cierto, reconocía que la carga de la vida propia siempre pesa un poco más. Por eso es que, aunque supusieran que era joven y saludable, el entramado de pensamientos ese día había sido tan denso que apenas podía permanecer de pie. Todo ello la obligaba a buscar su cama en su edificio en su calle en su barrio, para dejarse caer lo más pronto y profundamente posible. Para arrojarse allí entera y dejar que todas las emociones contenidas cobraran materialidad sin que nadie la observara.


Hasta ahora todo se sucedía tal cual los impulsos habían determinado. Era inocultable su satisfacción mientras caminaba. La sorprendía cuánto había logrado hacer sin decidir hacer nada, siguiendo como dormida el ovillo de Ariadna. Había llegado a su barrio y a su calle. Tan solo 20 metros la separaban de su edificio. Justo cuando aumentaba el ritmo de su andar, cuando cada pedazo de sí misma sentía ya el alivio de llegar, la fuerza de agua y más agua cayéndole encima la despertó de su ensimismamiento. Obligada a mirar para arriba, gritando sin saber muy bien qué decir, anonadada por lo que acababa de suceder, Laura entró al edificio mojada.


- Que maleducada que es la gente que a estas horas de la noche decide tirar un balde de agua fría desde su balcón sin medir las consecuencias- le dijo al portero rogando solidaridad.


- No sos la primera a la que le pasa, Laura. ¡Parece que hoy conociste al personaje más simpático del edificio! – contestó Sebastián sin poder disimular que aquello que acababa de acontecer sería el evento más importante de toda la noche, lo que le producía cierta alegría. 


Como era evidente que había realizado ese prólogo para despertar su curiosidad, y como a Laura le causaba cierto placer cumplir con las expectativas ajenas, le preguntó cuál era la historia de la vecina. Entusiasmado, el portero le contó que era una mujer de 50 años, casada con un boxeador profesional, que no veía a sus hijos desde hacía muchos años y cuyo gran amor era su perro. Aunque Laura no pidió tantos detalles, intentó parecer conforme con el perfil reconstruido y se apresuró a despedirse.


Fue en ese momento que conoció la verdadera consistencia de una tragedia. Contemplándose a sí misma en el espejo del ascensor descubrió que su pullover verde esperanza era ahora un pullover verde esperanza con lunares verde claro, o lunares verde desdicha si nos atenemos al suceso. Confirmó también que el tapado negro había adquirido sorprendentes trazos desordenados, y que el morral donde cargaba los libros era otro cómplice de la alucinación. Se quedó quieta, intentando decodificar lo que observaba. Se miró como si mirara a otra persona. Entonces entendió que el olor a calle y limpio que sentía a su alrededor desde el momento mismo del bautismo, era en realidad olor a una simple y mortal lavandina, a ese impiadoso líquido que se lleva puesto todo lo que tiene por delante, al gran protagonista mundial de tantas revoluciones de la higiene. Había sido desinfectada con lavandina del balcón de la vecina imputada por ser la más simpática del edificio, como si eso significara algo, como si alguno de sus atributos pudiera disuadir a Laura de encontrarla para decirle que le devuelva su pullover verde esperanza y su tapado monocromático. Y, de paso, su ovillo de Ariadna.


Una tormenta de decisiones estratégicas se sucedía en la cabeza de Laura. En primer lugar, le preguntaría al portero el número de unidad funcional de la susodicha. Posteriormente, iría hasta allí y le tocaría la puerta. Era muy importante evitar el timbre y acudir al golpe de puerta, para que pudiera recibir en toda su plenitud la furia de sus emociones. Algunas escenas no las tenía del todo claras, pero la última se asimilaría al hermoso sentimiento de justicia. Así cumplió lo acordado con ella misma, tocando la puerta sin saber bien qué decir. Los ladridos le confirmaron que era el departamento correcto.


- ¿Quién es? - preguntó.


- La vecina a la que le acaba de caer un balde de lavandina encima desde su balcón, señora- le contestó Laura.


El ruido de llaves la preparó. La inminencia del encuentro la mareaba (o quizás solo fuera el olor penetrante que cargaba desde el accidente). La escena era desoladora: el boxeador profesional, ya sin cabello, vestido con una polera gris y vigilando desde el fondo con sus ojos claros cansados. La mujer de 50 años envuelta en una bata infantil, rodeada de corazones, cargando un pequeño perro. Ladra porque te está pidiendo disculpas, perdoname, me quiero matar que justo pasaste, pero el pichicho había hecho sus necesidades y yo quise que tuviera todo limpito entonces tiré un poco de lavandina. Si total no pasa nadie a esta hora. Señora, yo entiendo que usted quiera preservar el ambiente del pichicho pero tiene que entender que vive en pleno Retiro y son apenas las 10 de la noche, y su balcón da a una vereda real donde la gente real como yo camina. No puede hacer esto sin entender las consecuencias, es lavandina, señora, no ve que ahora toda mi ropa tiene pintitas. Me quiero matar, querida, te pido mil disculpas. Mirá como ladra, te está pidiendo disculpas él también. Pasá por favor, ¿no es cierto, mi amor?. Decile que pase. El boxeador miró a Laura con clemencia. Y Laura pasó. ¿Cómo te llamás, querida?. Sos tan linda y joven, debés ser un amor de persona. Mirá en qué circunstancias nos conocimos, qué lástima, siendo vecinas y estando tan cerca conocernos así. Vas a pensar que estoy loca, pero no, te juro que soy una buena persona y voy a hacerme cargo de solucionar este incidente. Me llamo Laura, señora, no pienso que esté loca, tiene usted un perro muy lindo. Y, a partir de entonces, Laura se olvidó de lo que había ido a reclamar y comenzó a conversar con Alicia. Quizás su cama pudiera esperarla un rato más y recibiera con regocijo la narrativa del suceso. Si, a fin de cuentas, necesitaba un pullover nuevo.

2016



¿Existe la idea de un blog de blogs que pueda reunir todos lo que escribí en los últimos 10 años?

¿Tengo que elegir a uno como a mi favorito o puedo seguir visitándolos cada algunos años para recordar la que ya no soy o sigo siendo pero entre tantas otras?

¿cada vez que vuelvo a repensarme debo volver a abrir otro blog o puedo tomar uno por azar, como por ejemplo este, y volver a darle contenido?

¿por qué sigo haciendo privados mis pensamientos y sin embargo sigo publicándolos? ¿qué significa tener un blog público pero no contarle a nadie que allí afuera, en algún lugar indeterminado de internet, existe?

¿vuelvo los papeles dispersos en esta plantilla virtual o será que pierden el encanto?

¿qué significan mis silencios y mis volver a escribir?

¿qué busco?

martes, 6 de agosto de 2013

Me había preguntado si algún día llegaría a amarte. Verte mirándome por verme mirándote. La primera conversación, el vértigo de la pregunta, desear con todas mis ganas que aquello que era fuera lo que querías que sea. Recuerdo cada instante de esa construcción de familiaridad; supongo que por eso pienso tanto al respecto. El libro que me prestaste y las locas interpretaciones que hice de cada línea de cada poesía que en él me aguardaba. Y todo lo que vino después hasta que ya no supe qué pasaba. La temprana despedida y el reencuentro. Los besos prohibidos en el ascensor de servicio. Desearte cada día más y sentir que ya no era ni duda ni elección.

Entonces te amé. Salí de mí y me entregué al nosotros que día a día se hacía más ineludible. Te quise y cuando ya el corazón no me dio para más te amé para poder darme entera, darte mi pretérito, mi presente y mi futuro. Entregarte todo lo que era y todo lo que podría ser a tu lado, y también todo lo que decidí nunca ser porque amarte era todo lo que cabía en mí. Olvidé los días de la semana y las penurias cotidianas, y también las alegrías, y solo pude amarte y nada más que amarte.

Cuando ya nada quedaba de mí, te fuiste. Quizás ese fue mi error, alojarme en vos asumiendo que compartiríamos el universo hasta el fin de los tiempos. Nunca lo sabré pero -por las dudas- nunca podré perdonármelo. Celebré tu decisión personal y vi irse con vos todo cuanto había deseado. En el momento mismo en que me despertó la carta de aceptación cada ilusión hecha de agua se condensó para dispersarse en el aire y nunca más volver. Era un bello espectáculo, lo admito. Esas escenas verdaderamente tristes que tienen algo de poesía y a mí me gustan tanto. Hoy entiendo que quedarme fue mucho más una decisión que una circunstancia. Por eso también entiendo que lo siga siendo.

Te odié porque era más fácil odiarte y sin embargo te amé de todas las enfermizas formas posibles, desafiando lo correcto, lo conveniente y lo justificado. Guardé el secreto hasta de mí misma porque tuve miedo de ser muy dura conmigo, reprenderme y -lo que hubiera sido peor- no poder seguir amándote. Encontraste el camino de regreso pero volviste a irte, una y otra vez, y cada vez que nos encontraba juntos en un aeropuerto me prometía que te odiaría para dejar de amarte. Y así te odiaba y te amaba a la vez, durante años enteros. Y también te esperaba, claro.

Hasta que un día cualquiera me empecé a preguntar si llegaría a dejar de amarte. O si todavía te amaba. O si alguna vez te amé. Y en ese momento supe que ya había dejado de hacerlo. La vida debe estar en otra parte, escucho. Qué va a ser de mí, también. La incomodidad de volver al vértigo de la primera cita, la sospecha que nunca hallaré alguien que cuide mi sueño y aleje mis pesadillas. Haber deseado tanto que seas vos y llorar que no seremos aquello que quisimos ser. No poder evadir más la verdad y tener que afrontar el duro proceso de dejar de intentar resucitar algo que ya está muerto. 

sábado, 20 de abril de 2013

Pensamientos antiguos que permanecían en el éter virtual


Pasaron unos días. O casi unos años. O ni un segundo. Quizás todavía siga en el mismo momento. Da lo mismo. Ya no importa. Lo cierto es que habito un lugar en mi pecho donde el tiempo no transcurre y la duda permanece. O se ensancha o se agranda o contagia de a poco los lugares sanos donde solía refugiarme. O esconderme. De mí misma, incluso.

Nadie nota cómo los síntomas se transforman en cambios, la anticipación se hace presente, las predicciones realidad, y yo me siento cada vez más sola con esto que pasa conmigo. Más lejos. Más en medio de la nada. Quizás acostumbrarme a tanta soledad sea el preludio perfecto para irme y prescindir de todo aquello que, noches como hoy, extraño tanto. Sentir que nadie puede sentarse a construir filosofías y literaturas conmigo. O que no desean hacerlo. Llorar y llorar y pensar que un abrazo me vendría tan bien en este momento. No les echo la culpa, mi sinceridad puede ser demasiado para una sola vida. Seguramente yo tampoco me animaría. Hasta yo me canso de tanta complejidad, del mundo tan denso que construyo para seguir ahondando en lo imperfecto de la vida.

Nace dentro de mí algo que no era mío pero me pertenece, y no sé si cerrar los ojos o hacerme responsable por ese perfume, mezcla de certeza y deseo, que cada vez me cuesta más eludir. Es saber que o me comporto a la altura de las circunstancias y me lanzo al vacío, ese que me atreví a desear sin medir las consecuencias, o me acostumbro a este resultado sub óptimo que me rodea. Momentos como este me hacen lamentar ser tan exigente conmigo misma. Resulta tan tentador evitar.

Es irme a dormir conmigo misma y darme cuenta que a mí no puedo mentirme, no puedo eludirme, no puedo engañarme ni aplazarme. Saber que tengo que irme, y sentir que quizás sea la decisión más difícil que haya tenido que tomar en toda mi vida. Y que, sin embargo, ya fue tomada.

Es decidir saber y hacer o ignorar y actuar como si no supiera. Pero saber que después de saber no se puede olvidar.

sábado, 16 de marzo de 2013

Não amo São Paulo, suas ruas, sua cultura, seus museus. Todo isso que eu falo é mentira. O que eu amo, embora não reconheça, é o que ele representou.

O caminho que fazia da casa à universidade, sem tempos nem medos, sem sons nem fantasmas. O passar dos dias sem nervos nem pesadelos. As sestas no cepeusp. Os finales de semana longe de tudo e perto de mim.

Será que poderei achar numa outra cidade, num outro lugar, a mesma sensação no meu peito? Será que poderei acha-la aquí?

domingo, 27 de enero de 2013

Todavía no sé cómo logro que nadie se dé cuenta que camino sin saber a dónde carajo voy...

viernes, 21 de diciembre de 2012

Vigilia

 ¿Cuál será la diferencia entre esta que soy yo y aquella que seré mañana? 
"Para mi nieta Florencia, lectora impertinente y destacada estudiante Cs. Políticas"


Y digo "mañana" con todo el significado de su inmediatez, de ser solo una pilita de horas, solo un rato entre ratos, solo una sucesión de actividades cotidianas que cualquier ser humano desarrolla para su reproducción material, como comer, dormir, pensar, soñar -y yo quizás más que nadie pero como siempre, soñar más y de nuevo-. Que sea solo eso lo que me separe de ser algo que ya vengo siendo, de conquistar el territorio que de a pedazos voy haciendo propio, que ya es más mío que cualquier otra cosa que me pertenezca. Como una promesa con mi propia existencia, un destino anterior a mí, un duelo contra mis propias predicciones fatales. El materializar cada elemento de una foto que imaginé cuando aprendí a imaginar.

Es más que la suma de 36 materias, de decenas de áreas de conocimiento; más que un analítico, una instancia de examen, un último viaje en tren y colectivo hacia un lugar y una meta determinados. Más que ese felicitaciones la materia ha sido promocionada que un profesor indeterminado le dice a uno cuando se despide. Y los logros insólitos que me propongo para recordar que valgo más que el reflejo chato e inanimado de un espejo, que no se aproxima ni un poco a la inmensidad de este universo que tengo adentro, con sus propios dioses y fantasmas, guerras y revoluciones, tragedias y superaciones. Saber que ni yo misma terminé de conocer lo que tengo adentro, decirme buenas tardes mucho gusto y usted cómo llegó aquí. Descubrir que como en la caja de pandora el infinito inexplorado me aguarda acá adentro.

Son 7 años de vida, mis 7 años de adultez volcados estratégicamente pero con pasión hacia un deseo que hice propio hace ya demasiado tiempo. Son las clases del taller de Sociales a mis 13 años donde supe que el mundo era más grande que como me habían enseñado de chiquita, donde elegí esta vocación que nadie comprendió y hoy celebran conmigo. O quizás haya sido la vocación la que me eligió a mí. Es cada elección que hice que me llevó a ser quien soy y estar donde estoy ahora, a punto de recibirme y con la carga emocional que eso me implica. Fue el rechazo a la súplicas de mi abuela Teresa que me auguraba un futuro trágico a menos que hiciera caso a su sugerencia y estudiara Contabilidad. Es el empezar a hablar a mis 10 meses, no haber dejar de leer ni un día desde mis 5, y seguir escribiendo diarios íntimos -en papel, servilletas, wordpad, o incluso en este blog- para creer esta hermosa historia en la que soy real. Es cada persona que abandonándome o desconfiando de mí me hizo más fuerte. Y más aún, son las que me acompañaron sin pedir nada a cambio.

Lleva consigo el viaje que emprendí y su desarraigo. El no haber vuelto más. Todas las yo anteriores que contengo, y las yo en potencia que algún día seré. Son las noches sin dormir, los fines de semana en reclusión por estudio, las noches que no salí, los proyectos que rechacé, las personas que perdí en el camino. Es mi abuelo que aunque hoy no esté sigue confiando en que me convertiré en una gran politóloga, que me regaló mi primer libro adulto -Platero y yo, como las generaciones anteriores hacían, claro- y me enseñó a leer los diarios. Es no entender por qué hoy no está conmigo, pelearme con el mundo porque haya tenido que irse apenas unos meses antes de que me convirtiera en eso que él soñó que sería (y seré). Es saber que cada cosa que pasa me hace más y más fuerte, más y más adulta, más y más genuina. Y sin embargo, necesitarlo mañana tanto, tanto.

Es tener pánico al futuro y saber que lo mejor está por venir. Saberme más adulta y más chiquita que nunca. Son las incongruencias e imperfecciones que me hacen así, más compleja de lo que quisiera, inevitablemente nostálgica, perfeccionista, exigente, solitaria. Es el final de un camino de correlatividades y notas que estructuró mi vida. Y también, el comienzo.

Hoy es el fin del mundo. Siglos atrás sabios anticiparon que terminaría una era, que el 21 de diciembre de 2012 acabaría todo aquello que conocemos. Quizás hayan tenido razón. Puede que aún antes de que naciera ya sabían que hoy terminaría esta era, que mañana despertaré y el mundo será distinto, que he cumplido lo que el destino quiso que hiciera y empezará algo diferente a todo aquello que he conocido.

Como sea, me lanzo al vacío y no tengo miedo ni remordimientos. Estos años me enseñaron que cuando los miedos se hacen realidad, cuando lo peor que uno imagina ocurre, no sucede lo que temía. Y tampoco son iguales los mayores anhelos hechos realidad. Resistir la corriente solo demora más el devenir del universo. Por eso prefiero dejar que el fluir del mundo haga en mí lo que tenga que hacer. Y yo seguir soñando. Continuar viviendo intensamente. Haciéndome cargo de la vocación que me eligió en mi adolescencia, arropándola, protegiéndola de las tormentas, alimentándola para que crezca sana. Haciéndola propia, sin soltarle la mano y, a la vez, soltándome la mano a mí misma, para ser cada día más libre. Despojándome hasta de mi propia existencia para animarme a lo desconocido del porvenir, porvivir, porsoñar. Cada día más entusiasmada historia que escribo para, hoy de nuevo, creer que es real.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Planeaba escribir un montón de cosas, pero creo que la más importante de todas es que acabo de descubrir que esta que soy es peor a la que era en ese no lugar. Me pregunto si tendré el coraje necesario para actuar en consecuencia...

viernes, 6 de abril de 2012

Basta un viernes y un momento para que, pensando en nosotros, invente la realidad y mucho más. Salgo de la oficina con rostro de cansancio y tacos del tamaño de mis sueños. Bajo los catorce pisos en el ascensor, saludando gentilmente para seguir siendo todo lo normal que no soy mientras el horario de oficina lo exija (porque si hay algo que sí soy, es fanática de las reglas). Atravieso con apuro la puerta giratoria, interminable o infinita o continua, como si realmente en vez de respetar la forma y el sentido del circuito estuviera atravesándola y rompiendo en ese acto cada capa de vidrio de cada puerta de la gran puerta que me separa del mundo. Casi siento el ruido del estallar y es como si me liberara de mi propia existencia. Abro los ojos y ahora es el viento quien me atraviesa a mí. Me dejo conquistar por el ruido y la avenida. Me preparo para la próxima fase de la rutina, esa que me devuelve a mi hogar o me encomienda a tareas universitarias. Y de pronto, sin que pueda esperarlo, pero a la vez, como siempre supe que sucedería, tu mano se posa en mi hombro como una mariposa rozando la hoja. Yo te reconozco al tacto aunque la acumulación de abrigos sea motivo suficiente para confundirte. Pero yo sé que sos vos, nunca podría confundirte, y si demoro un micro segundo en darme vuelta y encomendarme en tu abrazo es porque quiero memorizar este momento en que todas las imágenes construidas en mi habitación durante tantos viernes no se acercan ni un poco a este correr ansioso de mi corazón que me obliga a encontrarme en tus ojos y mirarte sin pantallas ni husos horarios como intermediarios.

Entonces te aprieto fuerte en este abrazo, me abandono para entrar en vos y volcar en cada rincón de tu propio abrigo tanto amor. Te beso, tantas veces te beso, y cada vez que lo hago es como si fuera la primera, como si volviera a comenzar, como si tuviera toda la vida para besarte. Debo confesar -siendo un viernes y teniendo este momento para hacer valer la propiedad que conservo sobre mi propia imaginación- que con gusto acomodaría mi agenda para hacernos un tiempo perpetuo para encontrarnos. No quiero que nunca más nos perdamos, y esto más que una afirmación es un acto de convicción y un compromiso con sabor a frutilla (o tu sabor preferido). Te beso y en este beso te entrego cada sueño despierto o dormido que me acompañó en este tiempo de espera, que me repetía cuando tenía días escépticos que volverías como vuelve la primavera. -Soñé que estaba exactamente acá, mirándote-, te digo; será por eso que este instante se siente un sueño. Tu boca y mi boca dicen tanto en este beso que se anuncia, se hace inminente, tiembla y se convierte en materia. Estalla. Cuando esas bocas se separan el beso se hace libre y vuela, da vueltitas en el aire y nos rodea, hasta te empuja de forma casi imperceptible para que te animes a darme otro beso y recuperar en él el infinito que nos pertenece. Porque con vos, siento que el mundo es nuestro.

Miro a mi alrededor y aunque la luz esté cansada alcanza y sobra para verte conmigo. Pienso en qué regalarte hoy, en este viernes feriado, y nada me convence porque nada me parece suficiente. Quiero que una larga fila de presentes te den la bienvenida. Que aún después de llegar (o especialmente a partir de entonces) te expliquen cuán mejor hacés mi mundo cuando estás en él. Recuerdo esa canción que dice "no te trago ouro, porque ele nao entra no céu, e nenhuma riqueza deste mundo"1 y pienso que quizás, para ser el primero, estos párrafos sean lo mejor que te puedo dar de mí. Acercarte mi corazón para que lo escuches y arrimarme a tu pecho dispuesta a escuchar todo lo que el tuyo quiere decirme. Animarnos a mirar adelante y construir una escalerita al horizonte no de una vez sino en cada paso, en cada escalón, de a días o ratitos o momentos. Hacerte con hojas de papel de diarios viejos un sombrero de carpintero imaginario para que nos divirtamos en la tarea -estoy segura que cuando te los pruebes te va a encantar-. Esperarte despierta y encender las estrellas especialmente para tu llegada. Amarte con sinceridad y con sinceridad contarte cómo te hago presente en mi habitación cuando tengo un viernes y un momento para inventarme la realidad, hasta que vuelvas y la superes apoyando tu mano en mi hombro como una mariposa rozando una hoja...


1. "No te traigo oro, porque él no entra en el cielo, ni ninguna riqueza de este mundo", en Versos Simples, de Chimarruts.

viernes, 20 de enero de 2012

jueves, 19 de enero de 2012

Vivivr en tránsito

Me pregunto cuándo terminará este viaje en que me embarqué un día que casi no recuerdo. ¿Será que ya habrán pasado demasiadas lluvias y mi memoria no es más que una hoja con palabras hechas en lápiz? A veces froto la hoja con enojo, buscando volver menos nítido lo más doloroso aunque ensucie mi pulgar con grafito o recuerdos. Aprender a vivir con la idea de que no seré aquello que dije que sería; eso es lo que me quita el sueño, y los pocos sueños que quedan de pie. De pronto, de nuevo, viene el viento y la tormenta y mis sueños van dejando al mundo hacer. Se quiebran sus finos tallos. Se inundan sus ilusiones. Y ni siquiera puedo sembrar de nuevo ahí donde el vacío ocupó su lugar. Es el problema de lo tácito que me rodea e invade. Es ver el hueco y no poder no recordar que ahí antes había un sueño. Primero joven, luego cansado. Pero siempre de pie. ¿Qué se hace con tantos vacíos? ¿Qué hacer con tanto cansancio?

Quiero irme, de acá y de mí, de esta que no puede vivir consigo misma. Evadirme porque superarme requiere demasiadas energías. Escucho tango por primera vez en mucho tiempo y siento que aunque las callecitas de Buenos Aires tengan ese qué sé yo, quizás no estén hechas para mí. Lloré demasiado por ellas y en ellas. Dejé demasiado amor.

Pienso en esa canción en que Mercedes sabe que las aves migratorias siempre encuentran el camino de regreso. ¿Seré de esas? ¿Habrá realmente algún camino? ¿Querré volver? Tardes como hoy siento que nada de esta ciudad me pertenece y, sin embargo, no podría ser de otro lado. Reconocer esa parte de mí, tan impregnada e irrenunciable, no podía sino hacerlo afuera. Agradecer haber nacido en estas calles de libros y yerba mate aunque la economía no sea más que ceniza.

Y, sin embargo, necesitar irme. Querer seguir viajando. Presentir que quizás acá no encuentre un hogar. ¿O será que el hogar no es más que luces hechas de corazones latiendo cerca de uno? Cada día me siento más sola y menos dueña de mí. Me aventuro a la angustia y empiezo a sentir que quizás eso que sentí un día no sea cierto. Que capaz no puedo ser feliz. Y llorar como una nena por no tener idea qué hacer con ese manojo de incertidumbres en que me convertí. Que me pese la angustia en todo el cuerpo.

Seguir en tránsito, seguir sintiéndome, como aquel miércoles de diciembre, en ningún lugar. Estar entre esa ciudad que supo adoptarme y aquella que quizás ya no se acuerda de mí. Permanecer, cargada de bolsas y bolsos, entre aquellos que me despidieron y aquellos que esperan para recibirme. Pero no tener ni lo uno ni lo otro. No ser nada. Y no poder decidir todavía qué ser. Esperar la conexión de un vuelo a otro, de un viaje a otro, querer ser nadie para poder ser todo y no querer decidir para poder decidir cualquier cosa en este mundo. Correr el riesgo de que cuando sepa qué ser ya sea demasiado tarde, y quedarme encerrada, en un aeropuerto cualquiera en cualquier ciudad, esperando un vuelo que quizás nunca llegue. Por no tener la valentía de equivocarme y seguir de pie, haber amado y que no me amen, amar y que no me amen, y así, aún así, llorar años y vidas y siglos y seguir teniendo esta angustia en el pecho. Pero querer viajar. Querer vivir. Querer que algo aparezca y me haga creer y querer de nuevo.

martes, 15 de noviembre de 2011

Longe

Cuando compré esta vela con aroma de rosas era la misma pero era tan otra. No se trata sólo de ser distinta; es también estar lejos, es la distancia de tiempo y lugar, pero sobre todo, de tiempo. Escucho esta canción que dice "Não dá mais pra voltar / e eu nem me despedi", y pienso en por qué no se supone que uno merece antes de dejar ir a una parte de uno mismo despedirse con un abrazo o un apretón de manos, agradecerle, no sé, recordarle que gracias a que fue parte de uno ahora seguirá siéndolo aunque tenga que dejarlo ir. Y sin embargo, sigue encaprichado en irse mientras uno duerme -o vive- dejando una notita y un agujerito a llenar. Pero se nota. De verdad, es inevitable ver que es un agujerito rellenado. Y el mero relleno le recuerda a uno que eso no es lo que era, que lo que era no volverá a ser. Me pregunto cómo quedará el corazón después de muchos años, tras una larga vida. ¿Seguiré teniendo esta fiel memoria? ¿quién me enseñó esta nostalgia que me acompaña desde hace tanto, que hoy odio, que hoy me enoja y no me deja ser (o no me deja no ser)? ¿será que ella también se irá sin despedirse algún día? ¿por qué no puedo olvidar? ¿por qué no puedo negar el pensamiento y simplemente vivir?

Entré a esa tienda que prometía alegrías el minuto inmediatamente después de correr dos cuadras a un taxi que lo llevaba al aeropuerto. Aún sabía a los besos ventanilla de por medio, y repetía las promesas hechas esos últimos segundos para aprenderlas de memoria. Si pudiera avisarle hoy a esa Flor que creía en ese amor que no crea, que no llore, que no corra, que no sienta. Que olvide, desde ese mismo día que empiece a olvidar.

Pero ahí va -ahí voy-, caminando por un barrio de otra ciudad de otro país buscando una velita de esas con olor rico que a ella tanto le gustan porque cree que está hecha de flores y entonces esos perfumes le recuerdan algún lugar en el que estuvo porque de donde viene (todos venimos de un otro lugar, ¿no?). La compra mientras llora con ruido, no le importa que la vean, no la conocen -ni siquiera la conocen muchos que creen conocerla-. Y ese momento es de ella, solo de ella, y puede el mundo hacer del mundo lo que quiera porque ya nada importa. Así de ingenua era.

Por que é que você foi / Não quero te esquecer. Y ni siquiera puedo odiarte para convivir con el recuerdo en paz. Y ese presente que ya no es empieza a guardar para sí los detalles más chiquitos, los horarios, la ropa que llevábamos puesta, el nombre de la calle, las palabras exactas. Hasta la voz (no soporto la idea de empezar a olvidar tu voz). Me niego a olvidar y sin embargo quiero olvidar y sin embargo cuando comienzo a olvidar por estar tan lejos me niego a olvidar lo que ya estoy olvidando. Lo que ya nunca podré recordar. Lo que ni las 400 fotos que guardo de esos días podrán devolverme. Recuerdo a Funes el memorioso, y entiendo, nuevamente entiendo, cuan necesario es Borges para vivir. Cuan importante es olvidar para vivir.

Esta noche mientras veo esa vela seguir consumiéndose recuerdo la ingenuidad al haberla comprado, el tanto por vivir que gracias a Dios sigo viviendo, lo diferente, lo errada, lo enamorada que estaba. Me recuerdo hasta más chiquita. Con seguridad, con más miedo. Y el corazón menos roto. Mucho menos deshecho.

Pensé que la vela se consumiría antes de volver. Ahora entiendo cuan equivocada estaba: ni la vela terminará de consumirse -de ser, de dar-, ni yo volveré. Tomaré un avión que se supone me dejará en el mismo lugar donde empezó esto. Pero no volveré. Estoy demasiado lejos para volver. La vela seguirá siendo antes y después de mí. Y yo seguiré siendo antes y después de él. Pero jamás volveré a ser.

E a Terra está tão longe…

Pd. Reconocer que no puedo no pensar y no puedo no escribir me hace reconocerme. Y eso sí da paz.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Feriado

Luego de trabajar unas 6 horas desgrabando una conferencia de la UBA que me pidieron en Argentina, fui a dormir esperando descansar. Imposible. Últimamente deposito en mis sueños y pesadillas todo o casi todo lo que me pasa por la mente: Bruno, la universidad en Buenos Aires, Bruno de nuevo. Mi familia en San Pablo y yo mostrándole a mamá mi café favorito. La universidad de San Pablo con una de esas asambleas a lo UBA y yo corriendo porque ocupan el rectorado y van a reprimir. Un otro con que aún pienso por qué lo soñé. Un baño de un lugar público del que me escapo porque viene algo malo, alguien peligroso, no sé quién, pero viene. Y todo aquello que cae en ese agujero negro abismal entre sueño y sueño.

Me despierto en esa corrida e intento desacelerar el corazón y entender que estoy en mi cama, en mi casa, en San Pablo. Aún me cuesta construir el enunciado "mi casa en San Pablo". Pero lo es, y lo es porque así lo siento.

Reconciliarme con el mundo que me mira medio a oscuras y me da la bienvenida. Lo bueno de despertarse solo es obviar ese momento odioso del despertador, la musiquita y uno que pretende estar de acuerdo con el sistema. Siempre quise comprarme ese despertador de Phillips que por unos módicos $500 te recibe con la luz a lo puesta de sol y sonido de pajaritos. Creo que es más fácil abrir la ventana y adoptar un pajarito-mascota (pero que vuele por la casa, que para rejas ya tengo las propias). Lo malo de despertarse solo es eso. Solo. Hago de cuenta que no lo pienso en una muestra ejemplar de cómo uno puede engañarse. Me dejo pasmada a mí misma.

Desayuno café con leche bien fuerte, juguito de durazno, yogurt de frutilla y tostadas con reiquejao y mermelada de frutilla. Leo el diario, las revistas femeninas y varios corres pendientes. El feriado es feriado en todo el mundo, la misma alegría, los mismos imperativos. Lo único que le falta a este -el de los muertos- en un programa de Rial. Gracias al cielo mis amigas me informaron del nuevo amorío de Soldán.

Voy a desgrabar los 30 minutos que restan. Les deseo un gran día desde rincón del mundo...

Pd. Por favor diganme que sueñan tanto como yo...

jueves, 27 de octubre de 2011

Una quinta que puede ser cualquier otro día

Una de las cosas que más me sorprende es descubrir cómo uno empieza a descansar en el sentido más profundo del término cuando se lo permite. Nunca supe que tenía tanto cansancio dentro de mí, y sin embargo, creo que estoy recuperándome de años, y se siente tan bien y tan liviano y tan necesario. Despertar de una siesta a la sombra de un árbol en el centro de deportes, mientras el sol alrededor da ese calor que a uno lo abriga, y los pajaritos cantan, y de pronto cae una hoja del árbol justo sobre la palma de mi mano abierta, y solo atino a cerrarla porque quiero adueñarme para siempre de esa tarde y estos momentos. Entender la palabra libertad como nunca la entendí en mi vida.

Sé que volveré a estos recuerdos cuando necesite saber de qué estamos hechos los hombres. Y si uno sufre más o ríe más o vive más es porque hay que llegar bien al núcleo de uno mismo para poner el kilometraje en cero. Haciéndose cargo de lo andado, pero con la energía necesaria para volver a empezar. Siento que nada ni nadie puede hacerme caer del todo. Sé que tengo ante mí el infinito universo esperándome. Y mejor aún, sé que puedo verme sin miedo y soñar y planear con la ilusión de alguien que tiene el corazón entero. Será que hay que deconstruirse para hacerse tan fuerte.

Hoy me siento positiva, creo que pueden notarlo. Me voy para Curitiba, luego les contaré de los viajes. Es que como dijo una queridísima amiga, estoy en esa etapa de menos palabras y más fotos. Vengan conmigo en la valija; saben que los llevo adonde vaya...

domingo, 16 de octubre de 2011

Un papel en un libro.

Que sean las dos de la mañana y mientras leías un libro que compraste y nunca habías tenido tiempo de leer (hasta hoy, cuando la carencia de sueño te hizo apelar a su fiel compañía) pases de página para continuar la historia de Horácio y la billetera, y en vez de esa trama, te sorprenda un papel cualquiera con su desprolija caligrafía y su intempestivo recuerdo.

No poder hacer más nada. Que te quite el sueño y te devuelva el fantasma de lo que no fue, ese que por un momento habías creído que empezaba a difuminarse en el aire. Leer las instrucciones escritas en la hoja para llegar a casa, y preguntarse, con el corazón abierto, por qué nunca te dio las instrucciones para vivir esto. Porque nadie le enseña a uno a sufrir como Dios manda y pasar de página, no a esa donde un recuerdo te paraliza, sino la que repite que la historia continúa.

Necesitar un abrazo, estar sola en la casa y aprender que esto es vivir y crecer. Llorar, apretar el send para inmovilizar lo escrito, cerrar la tapa de la computadora y dormir aún en el pensamiento. Y despertar.

viernes, 14 de octubre de 2011

En el cielo las estrellas...


Y un día, quién sabe cómo, estaba volviendo de la universidad, ya era de noche, cargaba mis apuntes, sentía el llover casi como quien siente al aire ser aire, respiraba con anormal normalidad, respiraba sin suspirar, pensaba en lo inmediato y menos abstracto, me sentía más simple y unidimensional que nunca, hacía la lista de las compras, hacía el cronograma de estudio, y entonces, ahí, un día, quién sabe cómo.

Sí. Quién sabe cómo, un día, mientras otros seres y otras almas levantaban la vista para ver en las mismas nubes del atarceder-casi noche un conejo o un auto o un corazón o el número ideal para jugar a la lotería, yo las ví, sí, quién sabe cómo. Eran las Islas Malvinas. Ellas, las mísmisimas. Las vi y ellas me vieron, y sentí la patria tan obviamente sobre mí, mirándome, lloviéndome encima. Las Islas Malvinas vinieron a mis nubes y yo me sentí tan patriota y la vez tan enferma de gripe o locura. ¿Desde cuándo donde la gente ve conejos o números yo veo un territorio nacional perdido? ¿Seré siempre tan irremediablemente diferente? ¿Será que somos todos tan diferentes pero solo yo me animo a escribirlo?

En el cielo las estrellas, en el campo las espinas. Y en el fondo de mi pecho, la República Argentina (pero que me deje ser unidimensional solo por un momento, ¿está bien?)

lunes, 10 de octubre de 2011

Cosas (casi) universales


Debo reconocer que llegar a otro país y no encontrar pequeños rastros de nuestra identidad nacional es desalentador. Sobre todo, si uno lo busca en las góndolas del supermercado o en la televisión. Con el tiempo, sin embargo, fui dándome cuenta que algunas cosas que parecían bien argentinas son casi universales, o por menos, tan de ellos como nuestras. En las siguientes líneas un pequeño listado de aquellas cosas que a uno lo hacen sentir en otro lugar, pero bien cerca:

  • Sonhos de doce de leite: No, el dulce de leche no es el mismo. Pero encontrar algo que se le parezca, por ahora resulta suficiente. En la panadería de mi supermercado Violeta venden algo que nacionalizándolo podría llamarse factura de dulce de leche o crema pastelera. Se vende por peso, pero cada uno cuesta aproximadamente 0,90 centavos de Real. Lo vale.
  • Productos Pullman: El nombre puede resultar confuso, pero ver al famoso osito de la panificación con la inconfundible B en su sombrero de chef, a uno lo tranquiliza. El oso Bimbo perdió su nombre pero no resignó su inicial.
  • Publicidad de Tang: Prepará, tomá y hacé (o, o, o). En fin, por motivos evidentes la canción no iba a ser igual, pero "Preparou, bebeu, faz" muda de tiempos verbales y ritmo musical para volverse hasta más divertida. Una banda de mocosos raperos mostrándole al mundo que mucho juguito pero poca acción. Me convencieron. Soy TAN blanco de publicidad.
  • Quase Anjos: No precisa traducción, creo. Tiago, Jazmín, Rama, Ceú (Cielo), etc. Un mismo programa, doblado al portugués. Lo pasan de lunes a viernes a las 9. La temporada 3. Aparentemente tiene algo de éxito. A mi me resulta simplemente curioso. Y si de confesiones de trata, reconozco que hoy lo he visto y todo. Que para crecer tengo tiempo.

Hay mil ejemplos más. Por ahora, les dejo el link del himno Tang para que se diviertan un rato: http://www.youtube.com/watch?v=VyOWmz3EAKY&feature=related

Y la foto de quase anjos, a ver si les suena de algún lado:



jueves, 6 de octubre de 2011

Exámenes

La latente presencia de las Xerox (tácitas, porque siempre escondidas) me recordó desde el día 1 que estos días llegarían. Fueron tratadas con respeto demais: Viajaron en avión, conocieron Brasilia y Río -dos veces; las mismas-, se impregnaron de olor a bronceador y arena y mate. Nunca se sintieron solas, dado que venían conmigo a donde fuera que vaya. Mis fotocopias y yo, éramos casi una.

Quise confiar en el espíritu santo y sus 7 dones; sí, los 7, dado que con uno solo no podríamos tornar realidad el milagro. También experimenté el proceso de ósmosis. Dormí con las fotocopias en la mano. Leí de a dos renglones repitiéndome que lo hacía solo para que la información penetre profundamente en mi cerebro y nunca más se vaya. Intenté estudiar en la mesa, la cama, el centro de deportes de la Usp (en el árbol 1, 2 y 3, en orden cronológico, y también en las mesas, y en los bancos, y en la entrada...), la biblioteca, la casa de una amiga, un aula vacía, los bancos de mi facultad. Probé el formato papel, Pdf y Word. También apliqué el google traductor en casos de extrema emergencia. Nada.

Y cuando digo Nada, quiero decir, de verdad, no les miento, se los juro, NADA. El proceso para mis exámenes fue básicamente el mismo: enunciar y anunciar el proceso de estudiada, pero nunca volverlo realidad. O volverlo, 4 días antes. Desesperada. Repitiéndome que soy mala estudiante, representante de la UBA, intercambista, ciudadana y por qué no ser humano. Sin dormir. Leyendo a la velocidad de la luz para compensar dos meses en 4 días. Haciendo esos malditos resúmenes de los que uno es preso para estudiar (los resúmenes lo hacen a uno, y no al revés).

Fueron exámenes presentables. Creo. Posiblemente pasen al olvido, morirán en esas hojas (estas, que al final del post incluyo). Nadie las recordará; al menos yo intentaré no hacerlo, y espero por el bien de sus capacidades cognitivas que los profesores no lo hagan.

Oficialmente, sobreviví. Y contesté todas las preguntas, hasta las no-pensadas para extranjeros (¿cómo recordar la distribución de votos en la ciudad de San Pablo a razón de sus 55 distritos y características geográficas?). Los exámenes duraron 4 horas. Usé las 4. Pude escribir en español. Pero tuve que estudiar en portugués. Todo un descubrimiento.

No se preparan los exámenes en tus hojas, sino en unas que te da la universidad oficialmente aceptadas -quienes quieran copiarse, abstenerse-. Les dejo una foto de mi borrador de Política Externa Brasileira, que quedó conmigo. Hay lugar hasta para la nota. Y por si tienen curiosidad, las consignas (Ye y Flor, colegas, especialmente!)

Ahora, Libertad. Y la eterna promesa en un nuevo día 1 de leer a tiempo, preparar los resúmenes, memorizar los datos, no pasear las hojas, evitar el Facebook, ser rigurosa en estudio y profundidas, revalidar el merecimiento de este intercambio y convertirme en una buena mujer y decente ciudadana. Amén.




Pd. Se aprueba con 5/10. Gente de la UBA, llore.

martes, 27 de septiembre de 2011

Noche Bis

Hoy estaba pensando, ¿qué pasaría si yo no fuera mía sino del mundo? ¿que querría el mundo que hiciera con él y conmigo, de él y de mí?

No sé, si es que el cosmos pretende que ejerza mi rol natural de pieza minúscula e intrincada de rompecabezas apaciblemente, que se vaya olvidando. Podrán los chinos elegir su carrera o profesión según las necesidades de la Nación. Seguirán hombres y mujeres eligiendo buscar agradar al deseo de Dios. Pero yo he pensado y vivido y soñado demasiado, y ahora no puedo dejar de ser flor-céntrica (qué espanto) y leer el mundo desde mi propia clave de lectura. Y esperar yo algo de él. Y pedírselo. Y enojarme, cruzarme de brazos y no hablarle por un día o dos cuando me contradice. Tendría que dejar de importarme tanto a mí misma.

¿Será que uno construye sus propias explicaciones para darle sentido a esta vida que sin querer hacemos? Imposible de-construirme y volverme a hacer. Entonces mejor re-pensarme para inventar una cohesión a este manojo de vidas que conviven siempre en uno (y cada vez son más). No podré abandonar la ciencia política, Cortázar, los hidratos de carbono, la recurrencia al llanto, el mate o las palabras. Los abrazos. Ni que el mundo me lo pida. Ni que Dios me haya hecho para lo contrario. El creado se revela contra el creador, pero solo porque siente que sabe que sabe. Y si ella lo sabe, Dios también tiene que saberlo. Es que para que ella lo sepa Dios tuvo que saberlo antes. Y el mundo, también.

Buenas noches.
Mejor, Buen amanecer.

Pd. He llegado a ese momento de la noche luego de las 2 y antes de 7 donde la hora es cualquier hora y el sueño se transforma en cosquillas o brisa o una mariposa revoloteando.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Noche de estudio y frustración (de estudio, y frustración...)

Cerrar los ojos para poder estar donde quieras, imaginarte en otro mundo justo cuando el de ahora parece estar gobernándote, haciendo con uno lo que se le da la gana. No se confundan: el dónde no es dónde sino cómo. Creanme que hoy no es un buen fluir del río. No me pidan que me abandone a la corriente. A veces simplemente no puedo dejar de ser yo. Lo bueno es que arreglo mis karmas y fantasmas con la almohada y el mate de la mañana me recibe como si nada hubiera pasado. Es como un pacto con mi cosmos.
...

Por qué será que cuando lo necesitás junto con tu cerveza de casi madrugada y tus apuntes no está, y no hay infinito que pueda llenar este agujero (cubrirlo siempre, pero digo que para mentiras ya está el mundo). No es distinto porque es hoy y acá. Hay conceptos fatalmente universales. Y milagrosamente, también. Ni les cuento de lo universal de un abrazo. Será que hoy necesito un poquito de amor. O de cariño. O aunque sea un no me da lo mismo si estás o no en este mundo que habitamos juntos. Un construir un lindo momento, aceptando lo chiquito e imperceptible y fugaz e imperfeto y presente y eterno. Pero disfrutándolo. Sentirse una partícula de universo lo hace entender a uno lo poco que importa su vida. Y sin embargo, cuánto me importa ser feliz, carajo.

Paso a paso. Y cuando esté cansada parar. Pero vencer hasta el cansancio. Aunque mi imperativo categórico kantiano luche por no permitirlo. Por ahora elecciones en Sao Paulo, 1976, identidad ideológica, ARENA, MDB y cuanto concepto se presente ante mis anteojos. Que venga. Mañana volveré a navegar contra corriente si eso es lo que hace falta. Pero dejarme conquistar sin que antes me sea pedido el debido permiso, jamás.