Me pregunto cuándo terminará este viaje en que me embarqué un día que casi no recuerdo. ¿Será que ya habrán pasado demasiadas lluvias y mi memoria no es más que una hoja con palabras hechas en lápiz? A veces froto la hoja con enojo, buscando volver menos nítido lo más doloroso aunque ensucie mi pulgar con grafito o recuerdos. Aprender a vivir con la idea de que no seré aquello que dije que sería; eso es lo que me quita el sueño, y los pocos sueños que quedan de pie. De pronto, de nuevo, viene el viento y la tormenta y mis sueños van dejando al mundo hacer. Se quiebran sus finos tallos. Se inundan sus ilusiones. Y ni siquiera puedo sembrar de nuevo ahí donde el vacío ocupó su lugar. Es el problema de lo tácito que me rodea e invade. Es ver el hueco y no poder no recordar que ahí antes había un sueño. Primero joven, luego cansado. Pero siempre de pie. ¿Qué se hace con tantos vacíos? ¿Qué hacer con tanto cansancio?
Quiero irme, de acá y de mí, de esta que no puede vivir consigo misma. Evadirme porque superarme requiere demasiadas energías. Escucho tango por primera vez en mucho tiempo y siento que aunque las callecitas de Buenos Aires tengan ese qué sé yo, quizás no estén hechas para mí. Lloré demasiado por ellas y en ellas. Dejé demasiado amor.
Pienso en esa canción en que Mercedes sabe que las aves migratorias siempre encuentran el camino de regreso. ¿Seré de esas? ¿Habrá realmente algún camino? ¿Querré volver? Tardes como hoy siento que nada de esta ciudad me pertenece y, sin embargo, no podría ser de otro lado. Reconocer esa parte de mí, tan impregnada e irrenunciable, no podía sino hacerlo afuera. Agradecer haber nacido en estas calles de libros y yerba mate aunque la economía no sea más que ceniza.
Y, sin embargo, necesitar irme. Querer seguir viajando. Presentir que quizás acá no encuentre un hogar. ¿O será que el hogar no es más que luces hechas de corazones latiendo cerca de uno? Cada día me siento más sola y menos dueña de mí. Me aventuro a la angustia y empiezo a sentir que quizás eso que sentí un día no sea cierto. Que capaz no puedo ser feliz. Y llorar como una nena por no tener idea qué hacer con ese manojo de incertidumbres en que me convertí. Que me pese la angustia en todo el cuerpo.
Seguir en tránsito, seguir sintiéndome, como aquel miércoles de diciembre, en ningún lugar. Estar entre esa ciudad que supo adoptarme y aquella que quizás ya no se acuerda de mí. Permanecer, cargada de bolsas y bolsos, entre aquellos que me despidieron y aquellos que esperan para recibirme. Pero no tener ni lo uno ni lo otro. No ser nada. Y no poder decidir todavía qué ser. Esperar la conexión de un vuelo a otro, de un viaje a otro, querer ser nadie para poder ser todo y no querer decidir para poder decidir cualquier cosa en este mundo. Correr el riesgo de que cuando sepa qué ser ya sea demasiado tarde, y quedarme encerrada, en un aeropuerto cualquiera en cualquier ciudad, esperando un vuelo que quizás nunca llegue. Por no tener la valentía de equivocarme y seguir de pie, haber amado y que no me amen, amar y que no me amen, y así, aún así, llorar años y vidas y siglos y seguir teniendo esta angustia en el pecho. Pero querer viajar. Querer vivir. Querer que algo aparezca y me haga creer y querer de nuevo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario