Basta un viernes y un momento para que, pensando en nosotros, invente la realidad y mucho más. Salgo de la oficina con rostro de cansancio y tacos del tamaño de mis sueños. Bajo los catorce pisos en el ascensor, saludando gentilmente para seguir siendo todo lo normal que no soy mientras el horario de oficina lo exija (porque si hay algo que sí soy, es fanática de las reglas). Atravieso con apuro la puerta giratoria, interminable o infinita o continua, como si realmente en vez de respetar la forma y el sentido del circuito estuviera atravesándola y rompiendo en ese acto cada capa de vidrio de cada puerta de la gran puerta que me separa del mundo. Casi siento el ruido del estallar y es como si me liberara de mi propia existencia. Abro los ojos y ahora es el viento quien me atraviesa a mí. Me dejo conquistar por el ruido y la avenida. Me preparo para la próxima fase de la rutina, esa que me devuelve a mi hogar o me encomienda a tareas universitarias. Y de pronto, sin que pueda esperarlo, pero a la vez, como siempre supe que sucedería, tu mano se posa en mi hombro como una mariposa rozando la hoja. Yo te reconozco al tacto aunque la acumulación de abrigos sea motivo suficiente para confundirte. Pero yo sé que sos vos, nunca podría confundirte, y si demoro un micro segundo en darme vuelta y encomendarme en tu abrazo es porque quiero memorizar este momento en que todas las imágenes construidas en mi habitación durante tantos viernes no se acercan ni un poco a este correr ansioso de mi corazón que me obliga a encontrarme en tus ojos y mirarte sin pantallas ni husos horarios como intermediarios.
Entonces te aprieto fuerte en este abrazo, me abandono para entrar en vos y volcar en cada rincón de tu propio abrigo tanto amor. Te beso, tantas veces te beso, y cada vez que lo hago es como si fuera la primera, como si volviera a comenzar, como si tuviera toda la vida para besarte. Debo confesar -siendo un viernes y teniendo este momento para hacer valer la propiedad que conservo sobre mi propia imaginación- que con gusto acomodaría mi agenda para hacernos un tiempo perpetuo para encontrarnos. No quiero que nunca más nos perdamos, y esto más que una afirmación es un acto de convicción y un compromiso con sabor a frutilla (o tu sabor preferido). Te beso y en este beso te entrego cada sueño despierto o dormido que me acompañó en este tiempo de espera, que me repetía cuando tenía días escépticos que volverías como vuelve la primavera. -Soñé que estaba exactamente acá, mirándote-, te digo; será por eso que este instante se siente un sueño. Tu boca y mi boca dicen tanto en este beso que se anuncia, se hace inminente, tiembla y se convierte en materia. Estalla. Cuando esas bocas se separan el beso se hace libre y vuela, da vueltitas en el aire y nos rodea, hasta te empuja de forma casi imperceptible para que te animes a darme otro beso y recuperar en él el infinito que nos pertenece. Porque con vos, siento que el mundo es nuestro.
Miro a mi alrededor y aunque la luz esté cansada alcanza y sobra para verte conmigo. Pienso en qué regalarte hoy, en este viernes feriado, y nada me convence porque nada me parece suficiente. Quiero que una larga fila de presentes te den la bienvenida. Que aún después de llegar (o especialmente a partir de entonces) te expliquen cuán mejor hacés mi mundo cuando estás en él. Recuerdo esa canción que dice "no te trago ouro, porque ele nao entra no céu, e nenhuma riqueza deste mundo"1 y pienso que quizás, para ser el primero, estos párrafos sean lo mejor que te puedo dar de mí. Acercarte mi corazón para que lo escuches y arrimarme a tu pecho dispuesta a escuchar todo lo que el tuyo quiere decirme. Animarnos a mirar adelante y construir una escalerita al horizonte no de una vez sino en cada paso, en cada escalón, de a días o ratitos o momentos. Hacerte con hojas de papel de diarios viejos un sombrero de carpintero imaginario para que nos divirtamos en la tarea -estoy segura que cuando te los pruebes te va a encantar-. Esperarte despierta y encender las estrellas especialmente para tu llegada. Amarte con sinceridad y con sinceridad contarte cómo te hago presente en mi habitación cuando tengo un viernes y un momento para inventarme la realidad, hasta que vuelvas y la superes apoyando tu mano en mi hombro como una mariposa rozando una hoja...
1. "No te traigo oro, porque él no entra en el cielo, ni ninguna riqueza de este mundo", en Versos Simples, de Chimarruts.
No hay comentarios:
Publicar un comentario