domingo, 16 de octubre de 2011

Un papel en un libro.

Que sean las dos de la mañana y mientras leías un libro que compraste y nunca habías tenido tiempo de leer (hasta hoy, cuando la carencia de sueño te hizo apelar a su fiel compañía) pases de página para continuar la historia de Horácio y la billetera, y en vez de esa trama, te sorprenda un papel cualquiera con su desprolija caligrafía y su intempestivo recuerdo.

No poder hacer más nada. Que te quite el sueño y te devuelva el fantasma de lo que no fue, ese que por un momento habías creído que empezaba a difuminarse en el aire. Leer las instrucciones escritas en la hoja para llegar a casa, y preguntarse, con el corazón abierto, por qué nunca te dio las instrucciones para vivir esto. Porque nadie le enseña a uno a sufrir como Dios manda y pasar de página, no a esa donde un recuerdo te paraliza, sino la que repite que la historia continúa.

Necesitar un abrazo, estar sola en la casa y aprender que esto es vivir y crecer. Llorar, apretar el send para inmovilizar lo escrito, cerrar la tapa de la computadora y dormir aún en el pensamiento. Y despertar.

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