sábado, 15 de diciembre de 2012

Planeaba escribir un montón de cosas, pero creo que la más importante de todas es que acabo de descubrir que esta que soy es peor a la que era en ese no lugar. Me pregunto si tendré el coraje necesario para actuar en consecuencia...

viernes, 6 de abril de 2012

Basta un viernes y un momento para que, pensando en nosotros, invente la realidad y mucho más. Salgo de la oficina con rostro de cansancio y tacos del tamaño de mis sueños. Bajo los catorce pisos en el ascensor, saludando gentilmente para seguir siendo todo lo normal que no soy mientras el horario de oficina lo exija (porque si hay algo que sí soy, es fanática de las reglas). Atravieso con apuro la puerta giratoria, interminable o infinita o continua, como si realmente en vez de respetar la forma y el sentido del circuito estuviera atravesándola y rompiendo en ese acto cada capa de vidrio de cada puerta de la gran puerta que me separa del mundo. Casi siento el ruido del estallar y es como si me liberara de mi propia existencia. Abro los ojos y ahora es el viento quien me atraviesa a mí. Me dejo conquistar por el ruido y la avenida. Me preparo para la próxima fase de la rutina, esa que me devuelve a mi hogar o me encomienda a tareas universitarias. Y de pronto, sin que pueda esperarlo, pero a la vez, como siempre supe que sucedería, tu mano se posa en mi hombro como una mariposa rozando la hoja. Yo te reconozco al tacto aunque la acumulación de abrigos sea motivo suficiente para confundirte. Pero yo sé que sos vos, nunca podría confundirte, y si demoro un micro segundo en darme vuelta y encomendarme en tu abrazo es porque quiero memorizar este momento en que todas las imágenes construidas en mi habitación durante tantos viernes no se acercan ni un poco a este correr ansioso de mi corazón que me obliga a encontrarme en tus ojos y mirarte sin pantallas ni husos horarios como intermediarios.

Entonces te aprieto fuerte en este abrazo, me abandono para entrar en vos y volcar en cada rincón de tu propio abrigo tanto amor. Te beso, tantas veces te beso, y cada vez que lo hago es como si fuera la primera, como si volviera a comenzar, como si tuviera toda la vida para besarte. Debo confesar -siendo un viernes y teniendo este momento para hacer valer la propiedad que conservo sobre mi propia imaginación- que con gusto acomodaría mi agenda para hacernos un tiempo perpetuo para encontrarnos. No quiero que nunca más nos perdamos, y esto más que una afirmación es un acto de convicción y un compromiso con sabor a frutilla (o tu sabor preferido). Te beso y en este beso te entrego cada sueño despierto o dormido que me acompañó en este tiempo de espera, que me repetía cuando tenía días escépticos que volverías como vuelve la primavera. -Soñé que estaba exactamente acá, mirándote-, te digo; será por eso que este instante se siente un sueño. Tu boca y mi boca dicen tanto en este beso que se anuncia, se hace inminente, tiembla y se convierte en materia. Estalla. Cuando esas bocas se separan el beso se hace libre y vuela, da vueltitas en el aire y nos rodea, hasta te empuja de forma casi imperceptible para que te animes a darme otro beso y recuperar en él el infinito que nos pertenece. Porque con vos, siento que el mundo es nuestro.

Miro a mi alrededor y aunque la luz esté cansada alcanza y sobra para verte conmigo. Pienso en qué regalarte hoy, en este viernes feriado, y nada me convence porque nada me parece suficiente. Quiero que una larga fila de presentes te den la bienvenida. Que aún después de llegar (o especialmente a partir de entonces) te expliquen cuán mejor hacés mi mundo cuando estás en él. Recuerdo esa canción que dice "no te trago ouro, porque ele nao entra no céu, e nenhuma riqueza deste mundo"1 y pienso que quizás, para ser el primero, estos párrafos sean lo mejor que te puedo dar de mí. Acercarte mi corazón para que lo escuches y arrimarme a tu pecho dispuesta a escuchar todo lo que el tuyo quiere decirme. Animarnos a mirar adelante y construir una escalerita al horizonte no de una vez sino en cada paso, en cada escalón, de a días o ratitos o momentos. Hacerte con hojas de papel de diarios viejos un sombrero de carpintero imaginario para que nos divirtamos en la tarea -estoy segura que cuando te los pruebes te va a encantar-. Esperarte despierta y encender las estrellas especialmente para tu llegada. Amarte con sinceridad y con sinceridad contarte cómo te hago presente en mi habitación cuando tengo un viernes y un momento para inventarme la realidad, hasta que vuelvas y la superes apoyando tu mano en mi hombro como una mariposa rozando una hoja...


1. "No te traigo oro, porque él no entra en el cielo, ni ninguna riqueza de este mundo", en Versos Simples, de Chimarruts.

viernes, 20 de enero de 2012

jueves, 19 de enero de 2012

Vivivr en tránsito

Me pregunto cuándo terminará este viaje en que me embarqué un día que casi no recuerdo. ¿Será que ya habrán pasado demasiadas lluvias y mi memoria no es más que una hoja con palabras hechas en lápiz? A veces froto la hoja con enojo, buscando volver menos nítido lo más doloroso aunque ensucie mi pulgar con grafito o recuerdos. Aprender a vivir con la idea de que no seré aquello que dije que sería; eso es lo que me quita el sueño, y los pocos sueños que quedan de pie. De pronto, de nuevo, viene el viento y la tormenta y mis sueños van dejando al mundo hacer. Se quiebran sus finos tallos. Se inundan sus ilusiones. Y ni siquiera puedo sembrar de nuevo ahí donde el vacío ocupó su lugar. Es el problema de lo tácito que me rodea e invade. Es ver el hueco y no poder no recordar que ahí antes había un sueño. Primero joven, luego cansado. Pero siempre de pie. ¿Qué se hace con tantos vacíos? ¿Qué hacer con tanto cansancio?

Quiero irme, de acá y de mí, de esta que no puede vivir consigo misma. Evadirme porque superarme requiere demasiadas energías. Escucho tango por primera vez en mucho tiempo y siento que aunque las callecitas de Buenos Aires tengan ese qué sé yo, quizás no estén hechas para mí. Lloré demasiado por ellas y en ellas. Dejé demasiado amor.

Pienso en esa canción en que Mercedes sabe que las aves migratorias siempre encuentran el camino de regreso. ¿Seré de esas? ¿Habrá realmente algún camino? ¿Querré volver? Tardes como hoy siento que nada de esta ciudad me pertenece y, sin embargo, no podría ser de otro lado. Reconocer esa parte de mí, tan impregnada e irrenunciable, no podía sino hacerlo afuera. Agradecer haber nacido en estas calles de libros y yerba mate aunque la economía no sea más que ceniza.

Y, sin embargo, necesitar irme. Querer seguir viajando. Presentir que quizás acá no encuentre un hogar. ¿O será que el hogar no es más que luces hechas de corazones latiendo cerca de uno? Cada día me siento más sola y menos dueña de mí. Me aventuro a la angustia y empiezo a sentir que quizás eso que sentí un día no sea cierto. Que capaz no puedo ser feliz. Y llorar como una nena por no tener idea qué hacer con ese manojo de incertidumbres en que me convertí. Que me pese la angustia en todo el cuerpo.

Seguir en tránsito, seguir sintiéndome, como aquel miércoles de diciembre, en ningún lugar. Estar entre esa ciudad que supo adoptarme y aquella que quizás ya no se acuerda de mí. Permanecer, cargada de bolsas y bolsos, entre aquellos que me despidieron y aquellos que esperan para recibirme. Pero no tener ni lo uno ni lo otro. No ser nada. Y no poder decidir todavía qué ser. Esperar la conexión de un vuelo a otro, de un viaje a otro, querer ser nadie para poder ser todo y no querer decidir para poder decidir cualquier cosa en este mundo. Correr el riesgo de que cuando sepa qué ser ya sea demasiado tarde, y quedarme encerrada, en un aeropuerto cualquiera en cualquier ciudad, esperando un vuelo que quizás nunca llegue. Por no tener la valentía de equivocarme y seguir de pie, haber amado y que no me amen, amar y que no me amen, y así, aún así, llorar años y vidas y siglos y seguir teniendo esta angustia en el pecho. Pero querer viajar. Querer vivir. Querer que algo aparezca y me haga creer y querer de nuevo.

martes, 15 de noviembre de 2011

Longe

Cuando compré esta vela con aroma de rosas era la misma pero era tan otra. No se trata sólo de ser distinta; es también estar lejos, es la distancia de tiempo y lugar, pero sobre todo, de tiempo. Escucho esta canción que dice "Não dá mais pra voltar / e eu nem me despedi", y pienso en por qué no se supone que uno merece antes de dejar ir a una parte de uno mismo despedirse con un abrazo o un apretón de manos, agradecerle, no sé, recordarle que gracias a que fue parte de uno ahora seguirá siéndolo aunque tenga que dejarlo ir. Y sin embargo, sigue encaprichado en irse mientras uno duerme -o vive- dejando una notita y un agujerito a llenar. Pero se nota. De verdad, es inevitable ver que es un agujerito rellenado. Y el mero relleno le recuerda a uno que eso no es lo que era, que lo que era no volverá a ser. Me pregunto cómo quedará el corazón después de muchos años, tras una larga vida. ¿Seguiré teniendo esta fiel memoria? ¿quién me enseñó esta nostalgia que me acompaña desde hace tanto, que hoy odio, que hoy me enoja y no me deja ser (o no me deja no ser)? ¿será que ella también se irá sin despedirse algún día? ¿por qué no puedo olvidar? ¿por qué no puedo negar el pensamiento y simplemente vivir?

Entré a esa tienda que prometía alegrías el minuto inmediatamente después de correr dos cuadras a un taxi que lo llevaba al aeropuerto. Aún sabía a los besos ventanilla de por medio, y repetía las promesas hechas esos últimos segundos para aprenderlas de memoria. Si pudiera avisarle hoy a esa Flor que creía en ese amor que no crea, que no llore, que no corra, que no sienta. Que olvide, desde ese mismo día que empiece a olvidar.

Pero ahí va -ahí voy-, caminando por un barrio de otra ciudad de otro país buscando una velita de esas con olor rico que a ella tanto le gustan porque cree que está hecha de flores y entonces esos perfumes le recuerdan algún lugar en el que estuvo porque de donde viene (todos venimos de un otro lugar, ¿no?). La compra mientras llora con ruido, no le importa que la vean, no la conocen -ni siquiera la conocen muchos que creen conocerla-. Y ese momento es de ella, solo de ella, y puede el mundo hacer del mundo lo que quiera porque ya nada importa. Así de ingenua era.

Por que é que você foi / Não quero te esquecer. Y ni siquiera puedo odiarte para convivir con el recuerdo en paz. Y ese presente que ya no es empieza a guardar para sí los detalles más chiquitos, los horarios, la ropa que llevábamos puesta, el nombre de la calle, las palabras exactas. Hasta la voz (no soporto la idea de empezar a olvidar tu voz). Me niego a olvidar y sin embargo quiero olvidar y sin embargo cuando comienzo a olvidar por estar tan lejos me niego a olvidar lo que ya estoy olvidando. Lo que ya nunca podré recordar. Lo que ni las 400 fotos que guardo de esos días podrán devolverme. Recuerdo a Funes el memorioso, y entiendo, nuevamente entiendo, cuan necesario es Borges para vivir. Cuan importante es olvidar para vivir.

Esta noche mientras veo esa vela seguir consumiéndose recuerdo la ingenuidad al haberla comprado, el tanto por vivir que gracias a Dios sigo viviendo, lo diferente, lo errada, lo enamorada que estaba. Me recuerdo hasta más chiquita. Con seguridad, con más miedo. Y el corazón menos roto. Mucho menos deshecho.

Pensé que la vela se consumiría antes de volver. Ahora entiendo cuan equivocada estaba: ni la vela terminará de consumirse -de ser, de dar-, ni yo volveré. Tomaré un avión que se supone me dejará en el mismo lugar donde empezó esto. Pero no volveré. Estoy demasiado lejos para volver. La vela seguirá siendo antes y después de mí. Y yo seguiré siendo antes y después de él. Pero jamás volveré a ser.

E a Terra está tão longe…

Pd. Reconocer que no puedo no pensar y no puedo no escribir me hace reconocerme. Y eso sí da paz.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Feriado

Luego de trabajar unas 6 horas desgrabando una conferencia de la UBA que me pidieron en Argentina, fui a dormir esperando descansar. Imposible. Últimamente deposito en mis sueños y pesadillas todo o casi todo lo que me pasa por la mente: Bruno, la universidad en Buenos Aires, Bruno de nuevo. Mi familia en San Pablo y yo mostrándole a mamá mi café favorito. La universidad de San Pablo con una de esas asambleas a lo UBA y yo corriendo porque ocupan el rectorado y van a reprimir. Un otro con que aún pienso por qué lo soñé. Un baño de un lugar público del que me escapo porque viene algo malo, alguien peligroso, no sé quién, pero viene. Y todo aquello que cae en ese agujero negro abismal entre sueño y sueño.

Me despierto en esa corrida e intento desacelerar el corazón y entender que estoy en mi cama, en mi casa, en San Pablo. Aún me cuesta construir el enunciado "mi casa en San Pablo". Pero lo es, y lo es porque así lo siento.

Reconciliarme con el mundo que me mira medio a oscuras y me da la bienvenida. Lo bueno de despertarse solo es obviar ese momento odioso del despertador, la musiquita y uno que pretende estar de acuerdo con el sistema. Siempre quise comprarme ese despertador de Phillips que por unos módicos $500 te recibe con la luz a lo puesta de sol y sonido de pajaritos. Creo que es más fácil abrir la ventana y adoptar un pajarito-mascota (pero que vuele por la casa, que para rejas ya tengo las propias). Lo malo de despertarse solo es eso. Solo. Hago de cuenta que no lo pienso en una muestra ejemplar de cómo uno puede engañarse. Me dejo pasmada a mí misma.

Desayuno café con leche bien fuerte, juguito de durazno, yogurt de frutilla y tostadas con reiquejao y mermelada de frutilla. Leo el diario, las revistas femeninas y varios corres pendientes. El feriado es feriado en todo el mundo, la misma alegría, los mismos imperativos. Lo único que le falta a este -el de los muertos- en un programa de Rial. Gracias al cielo mis amigas me informaron del nuevo amorío de Soldán.

Voy a desgrabar los 30 minutos que restan. Les deseo un gran día desde rincón del mundo...

Pd. Por favor diganme que sueñan tanto como yo...

jueves, 27 de octubre de 2011

Una quinta que puede ser cualquier otro día

Una de las cosas que más me sorprende es descubrir cómo uno empieza a descansar en el sentido más profundo del término cuando se lo permite. Nunca supe que tenía tanto cansancio dentro de mí, y sin embargo, creo que estoy recuperándome de años, y se siente tan bien y tan liviano y tan necesario. Despertar de una siesta a la sombra de un árbol en el centro de deportes, mientras el sol alrededor da ese calor que a uno lo abriga, y los pajaritos cantan, y de pronto cae una hoja del árbol justo sobre la palma de mi mano abierta, y solo atino a cerrarla porque quiero adueñarme para siempre de esa tarde y estos momentos. Entender la palabra libertad como nunca la entendí en mi vida.

Sé que volveré a estos recuerdos cuando necesite saber de qué estamos hechos los hombres. Y si uno sufre más o ríe más o vive más es porque hay que llegar bien al núcleo de uno mismo para poner el kilometraje en cero. Haciéndose cargo de lo andado, pero con la energía necesaria para volver a empezar. Siento que nada ni nadie puede hacerme caer del todo. Sé que tengo ante mí el infinito universo esperándome. Y mejor aún, sé que puedo verme sin miedo y soñar y planear con la ilusión de alguien que tiene el corazón entero. Será que hay que deconstruirse para hacerse tan fuerte.

Hoy me siento positiva, creo que pueden notarlo. Me voy para Curitiba, luego les contaré de los viajes. Es que como dijo una queridísima amiga, estoy en esa etapa de menos palabras y más fotos. Vengan conmigo en la valija; saben que los llevo adonde vaya...