viernes, 21 de diciembre de 2012

Vigilia

 ¿Cuál será la diferencia entre esta que soy yo y aquella que seré mañana? 
"Para mi nieta Florencia, lectora impertinente y destacada estudiante Cs. Políticas"


Y digo "mañana" con todo el significado de su inmediatez, de ser solo una pilita de horas, solo un rato entre ratos, solo una sucesión de actividades cotidianas que cualquier ser humano desarrolla para su reproducción material, como comer, dormir, pensar, soñar -y yo quizás más que nadie pero como siempre, soñar más y de nuevo-. Que sea solo eso lo que me separe de ser algo que ya vengo siendo, de conquistar el territorio que de a pedazos voy haciendo propio, que ya es más mío que cualquier otra cosa que me pertenezca. Como una promesa con mi propia existencia, un destino anterior a mí, un duelo contra mis propias predicciones fatales. El materializar cada elemento de una foto que imaginé cuando aprendí a imaginar.

Es más que la suma de 36 materias, de decenas de áreas de conocimiento; más que un analítico, una instancia de examen, un último viaje en tren y colectivo hacia un lugar y una meta determinados. Más que ese felicitaciones la materia ha sido promocionada que un profesor indeterminado le dice a uno cuando se despide. Y los logros insólitos que me propongo para recordar que valgo más que el reflejo chato e inanimado de un espejo, que no se aproxima ni un poco a la inmensidad de este universo que tengo adentro, con sus propios dioses y fantasmas, guerras y revoluciones, tragedias y superaciones. Saber que ni yo misma terminé de conocer lo que tengo adentro, decirme buenas tardes mucho gusto y usted cómo llegó aquí. Descubrir que como en la caja de pandora el infinito inexplorado me aguarda acá adentro.

Son 7 años de vida, mis 7 años de adultez volcados estratégicamente pero con pasión hacia un deseo que hice propio hace ya demasiado tiempo. Son las clases del taller de Sociales a mis 13 años donde supe que el mundo era más grande que como me habían enseñado de chiquita, donde elegí esta vocación que nadie comprendió y hoy celebran conmigo. O quizás haya sido la vocación la que me eligió a mí. Es cada elección que hice que me llevó a ser quien soy y estar donde estoy ahora, a punto de recibirme y con la carga emocional que eso me implica. Fue el rechazo a la súplicas de mi abuela Teresa que me auguraba un futuro trágico a menos que hiciera caso a su sugerencia y estudiara Contabilidad. Es el empezar a hablar a mis 10 meses, no haber dejar de leer ni un día desde mis 5, y seguir escribiendo diarios íntimos -en papel, servilletas, wordpad, o incluso en este blog- para creer esta hermosa historia en la que soy real. Es cada persona que abandonándome o desconfiando de mí me hizo más fuerte. Y más aún, son las que me acompañaron sin pedir nada a cambio.

Lleva consigo el viaje que emprendí y su desarraigo. El no haber vuelto más. Todas las yo anteriores que contengo, y las yo en potencia que algún día seré. Son las noches sin dormir, los fines de semana en reclusión por estudio, las noches que no salí, los proyectos que rechacé, las personas que perdí en el camino. Es mi abuelo que aunque hoy no esté sigue confiando en que me convertiré en una gran politóloga, que me regaló mi primer libro adulto -Platero y yo, como las generaciones anteriores hacían, claro- y me enseñó a leer los diarios. Es no entender por qué hoy no está conmigo, pelearme con el mundo porque haya tenido que irse apenas unos meses antes de que me convirtiera en eso que él soñó que sería (y seré). Es saber que cada cosa que pasa me hace más y más fuerte, más y más adulta, más y más genuina. Y sin embargo, necesitarlo mañana tanto, tanto.

Es tener pánico al futuro y saber que lo mejor está por venir. Saberme más adulta y más chiquita que nunca. Son las incongruencias e imperfecciones que me hacen así, más compleja de lo que quisiera, inevitablemente nostálgica, perfeccionista, exigente, solitaria. Es el final de un camino de correlatividades y notas que estructuró mi vida. Y también, el comienzo.

Hoy es el fin del mundo. Siglos atrás sabios anticiparon que terminaría una era, que el 21 de diciembre de 2012 acabaría todo aquello que conocemos. Quizás hayan tenido razón. Puede que aún antes de que naciera ya sabían que hoy terminaría esta era, que mañana despertaré y el mundo será distinto, que he cumplido lo que el destino quiso que hiciera y empezará algo diferente a todo aquello que he conocido.

Como sea, me lanzo al vacío y no tengo miedo ni remordimientos. Estos años me enseñaron que cuando los miedos se hacen realidad, cuando lo peor que uno imagina ocurre, no sucede lo que temía. Y tampoco son iguales los mayores anhelos hechos realidad. Resistir la corriente solo demora más el devenir del universo. Por eso prefiero dejar que el fluir del mundo haga en mí lo que tenga que hacer. Y yo seguir soñando. Continuar viviendo intensamente. Haciéndome cargo de la vocación que me eligió en mi adolescencia, arropándola, protegiéndola de las tormentas, alimentándola para que crezca sana. Haciéndola propia, sin soltarle la mano y, a la vez, soltándome la mano a mí misma, para ser cada día más libre. Despojándome hasta de mi propia existencia para animarme a lo desconocido del porvenir, porvivir, porsoñar. Cada día más entusiasmada historia que escribo para, hoy de nuevo, creer que es real.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Planeaba escribir un montón de cosas, pero creo que la más importante de todas es que acabo de descubrir que esta que soy es peor a la que era en ese no lugar. Me pregunto si tendré el coraje necesario para actuar en consecuencia...

viernes, 6 de abril de 2012

Basta un viernes y un momento para que, pensando en nosotros, invente la realidad y mucho más. Salgo de la oficina con rostro de cansancio y tacos del tamaño de mis sueños. Bajo los catorce pisos en el ascensor, saludando gentilmente para seguir siendo todo lo normal que no soy mientras el horario de oficina lo exija (porque si hay algo que sí soy, es fanática de las reglas). Atravieso con apuro la puerta giratoria, interminable o infinita o continua, como si realmente en vez de respetar la forma y el sentido del circuito estuviera atravesándola y rompiendo en ese acto cada capa de vidrio de cada puerta de la gran puerta que me separa del mundo. Casi siento el ruido del estallar y es como si me liberara de mi propia existencia. Abro los ojos y ahora es el viento quien me atraviesa a mí. Me dejo conquistar por el ruido y la avenida. Me preparo para la próxima fase de la rutina, esa que me devuelve a mi hogar o me encomienda a tareas universitarias. Y de pronto, sin que pueda esperarlo, pero a la vez, como siempre supe que sucedería, tu mano se posa en mi hombro como una mariposa rozando la hoja. Yo te reconozco al tacto aunque la acumulación de abrigos sea motivo suficiente para confundirte. Pero yo sé que sos vos, nunca podría confundirte, y si demoro un micro segundo en darme vuelta y encomendarme en tu abrazo es porque quiero memorizar este momento en que todas las imágenes construidas en mi habitación durante tantos viernes no se acercan ni un poco a este correr ansioso de mi corazón que me obliga a encontrarme en tus ojos y mirarte sin pantallas ni husos horarios como intermediarios.

Entonces te aprieto fuerte en este abrazo, me abandono para entrar en vos y volcar en cada rincón de tu propio abrigo tanto amor. Te beso, tantas veces te beso, y cada vez que lo hago es como si fuera la primera, como si volviera a comenzar, como si tuviera toda la vida para besarte. Debo confesar -siendo un viernes y teniendo este momento para hacer valer la propiedad que conservo sobre mi propia imaginación- que con gusto acomodaría mi agenda para hacernos un tiempo perpetuo para encontrarnos. No quiero que nunca más nos perdamos, y esto más que una afirmación es un acto de convicción y un compromiso con sabor a frutilla (o tu sabor preferido). Te beso y en este beso te entrego cada sueño despierto o dormido que me acompañó en este tiempo de espera, que me repetía cuando tenía días escépticos que volverías como vuelve la primavera. -Soñé que estaba exactamente acá, mirándote-, te digo; será por eso que este instante se siente un sueño. Tu boca y mi boca dicen tanto en este beso que se anuncia, se hace inminente, tiembla y se convierte en materia. Estalla. Cuando esas bocas se separan el beso se hace libre y vuela, da vueltitas en el aire y nos rodea, hasta te empuja de forma casi imperceptible para que te animes a darme otro beso y recuperar en él el infinito que nos pertenece. Porque con vos, siento que el mundo es nuestro.

Miro a mi alrededor y aunque la luz esté cansada alcanza y sobra para verte conmigo. Pienso en qué regalarte hoy, en este viernes feriado, y nada me convence porque nada me parece suficiente. Quiero que una larga fila de presentes te den la bienvenida. Que aún después de llegar (o especialmente a partir de entonces) te expliquen cuán mejor hacés mi mundo cuando estás en él. Recuerdo esa canción que dice "no te trago ouro, porque ele nao entra no céu, e nenhuma riqueza deste mundo"1 y pienso que quizás, para ser el primero, estos párrafos sean lo mejor que te puedo dar de mí. Acercarte mi corazón para que lo escuches y arrimarme a tu pecho dispuesta a escuchar todo lo que el tuyo quiere decirme. Animarnos a mirar adelante y construir una escalerita al horizonte no de una vez sino en cada paso, en cada escalón, de a días o ratitos o momentos. Hacerte con hojas de papel de diarios viejos un sombrero de carpintero imaginario para que nos divirtamos en la tarea -estoy segura que cuando te los pruebes te va a encantar-. Esperarte despierta y encender las estrellas especialmente para tu llegada. Amarte con sinceridad y con sinceridad contarte cómo te hago presente en mi habitación cuando tengo un viernes y un momento para inventarme la realidad, hasta que vuelvas y la superes apoyando tu mano en mi hombro como una mariposa rozando una hoja...


1. "No te traigo oro, porque él no entra en el cielo, ni ninguna riqueza de este mundo", en Versos Simples, de Chimarruts.

viernes, 20 de enero de 2012

jueves, 19 de enero de 2012

Vivivr en tránsito

Me pregunto cuándo terminará este viaje en que me embarqué un día que casi no recuerdo. ¿Será que ya habrán pasado demasiadas lluvias y mi memoria no es más que una hoja con palabras hechas en lápiz? A veces froto la hoja con enojo, buscando volver menos nítido lo más doloroso aunque ensucie mi pulgar con grafito o recuerdos. Aprender a vivir con la idea de que no seré aquello que dije que sería; eso es lo que me quita el sueño, y los pocos sueños que quedan de pie. De pronto, de nuevo, viene el viento y la tormenta y mis sueños van dejando al mundo hacer. Se quiebran sus finos tallos. Se inundan sus ilusiones. Y ni siquiera puedo sembrar de nuevo ahí donde el vacío ocupó su lugar. Es el problema de lo tácito que me rodea e invade. Es ver el hueco y no poder no recordar que ahí antes había un sueño. Primero joven, luego cansado. Pero siempre de pie. ¿Qué se hace con tantos vacíos? ¿Qué hacer con tanto cansancio?

Quiero irme, de acá y de mí, de esta que no puede vivir consigo misma. Evadirme porque superarme requiere demasiadas energías. Escucho tango por primera vez en mucho tiempo y siento que aunque las callecitas de Buenos Aires tengan ese qué sé yo, quizás no estén hechas para mí. Lloré demasiado por ellas y en ellas. Dejé demasiado amor.

Pienso en esa canción en que Mercedes sabe que las aves migratorias siempre encuentran el camino de regreso. ¿Seré de esas? ¿Habrá realmente algún camino? ¿Querré volver? Tardes como hoy siento que nada de esta ciudad me pertenece y, sin embargo, no podría ser de otro lado. Reconocer esa parte de mí, tan impregnada e irrenunciable, no podía sino hacerlo afuera. Agradecer haber nacido en estas calles de libros y yerba mate aunque la economía no sea más que ceniza.

Y, sin embargo, necesitar irme. Querer seguir viajando. Presentir que quizás acá no encuentre un hogar. ¿O será que el hogar no es más que luces hechas de corazones latiendo cerca de uno? Cada día me siento más sola y menos dueña de mí. Me aventuro a la angustia y empiezo a sentir que quizás eso que sentí un día no sea cierto. Que capaz no puedo ser feliz. Y llorar como una nena por no tener idea qué hacer con ese manojo de incertidumbres en que me convertí. Que me pese la angustia en todo el cuerpo.

Seguir en tránsito, seguir sintiéndome, como aquel miércoles de diciembre, en ningún lugar. Estar entre esa ciudad que supo adoptarme y aquella que quizás ya no se acuerda de mí. Permanecer, cargada de bolsas y bolsos, entre aquellos que me despidieron y aquellos que esperan para recibirme. Pero no tener ni lo uno ni lo otro. No ser nada. Y no poder decidir todavía qué ser. Esperar la conexión de un vuelo a otro, de un viaje a otro, querer ser nadie para poder ser todo y no querer decidir para poder decidir cualquier cosa en este mundo. Correr el riesgo de que cuando sepa qué ser ya sea demasiado tarde, y quedarme encerrada, en un aeropuerto cualquiera en cualquier ciudad, esperando un vuelo que quizás nunca llegue. Por no tener la valentía de equivocarme y seguir de pie, haber amado y que no me amen, amar y que no me amen, y así, aún así, llorar años y vidas y siglos y seguir teniendo esta angustia en el pecho. Pero querer viajar. Querer vivir. Querer que algo aparezca y me haga creer y querer de nuevo.