¿Cuál será la diferencia entre esta que soy yo y aquella que seré mañana?
![]() | |||
| "Para mi nieta Florencia, lectora impertinente y destacada estudiante Cs. Políticas" |
Y digo "mañana" con todo el significado de su inmediatez, de ser solo una pilita de horas, solo un rato entre ratos, solo una sucesión de actividades cotidianas que cualquier ser humano desarrolla para su reproducción material, como comer, dormir, pensar, soñar -y yo quizás más que nadie pero como siempre, soñar más y de nuevo-. Que sea solo eso lo que me separe de ser algo que ya vengo siendo, de conquistar el territorio que de a pedazos voy haciendo propio, que ya es más mío que cualquier otra cosa que me pertenezca. Como una promesa con mi propia existencia, un destino anterior a mí, un duelo contra mis propias predicciones fatales. El materializar cada elemento de una foto que imaginé cuando aprendí a imaginar.
Es más que la suma de 36 materias, de decenas de áreas de conocimiento; más que un analítico, una instancia de examen, un último viaje en tren y colectivo hacia un lugar y una meta determinados. Más que ese felicitaciones la materia ha sido promocionada que un profesor indeterminado le dice a uno cuando se despide. Y los logros insólitos que me propongo para recordar que valgo más que el reflejo chato e inanimado de un espejo, que no se aproxima ni un poco a la inmensidad de este universo que tengo adentro, con sus propios dioses y fantasmas, guerras y revoluciones, tragedias y superaciones. Saber que ni yo misma terminé de conocer lo que tengo adentro, decirme buenas tardes mucho gusto y usted cómo llegó aquí. Descubrir que como en la caja de pandora el infinito inexplorado me aguarda acá adentro.
Son 7 años de vida, mis 7 años de adultez volcados estratégicamente pero con pasión hacia un deseo que hice propio hace ya demasiado tiempo. Son las clases del taller de Sociales a mis 13 años donde supe que el mundo era más grande que como me habían enseñado de chiquita, donde elegí esta vocación que nadie comprendió y hoy celebran conmigo. O quizás haya sido la vocación la que me eligió a mí. Es cada elección que hice que me llevó a ser quien soy y estar donde estoy ahora, a punto de recibirme y con la carga emocional que eso me implica. Fue el rechazo a la súplicas de mi abuela Teresa que me auguraba un futuro trágico a menos que hiciera caso a su sugerencia y estudiara Contabilidad. Es el empezar a hablar a mis 10 meses, no haber dejar de leer ni un día desde mis 5, y seguir escribiendo diarios íntimos -en papel, servilletas, wordpad, o incluso en este blog- para creer esta hermosa historia en la que soy real. Es cada persona que abandonándome o desconfiando de mí me hizo más fuerte. Y más aún, son las que me acompañaron sin pedir nada a cambio.
Lleva consigo el viaje que emprendí y su desarraigo. El no haber vuelto más. Todas las yo anteriores que contengo, y las yo en potencia que algún día seré. Son las noches sin dormir, los fines de semana en reclusión por estudio, las noches que no salí, los proyectos que rechacé, las personas que perdí en el camino. Es mi abuelo que aunque hoy no esté sigue confiando en que me convertiré en una gran politóloga, que me regaló mi primer libro adulto -Platero y yo, como las generaciones anteriores hacían, claro- y me enseñó a leer los diarios. Es no entender por qué hoy no está conmigo, pelearme con el mundo porque haya tenido que irse apenas unos meses antes de que me convirtiera en eso que él soñó que sería (y seré). Es saber que cada cosa que pasa me hace más y más fuerte, más y más adulta, más y más genuina. Y sin embargo, necesitarlo mañana tanto, tanto.
Es tener pánico al futuro y saber que lo mejor está por venir. Saberme más adulta y más chiquita que nunca. Son las incongruencias e imperfecciones que me hacen así, más compleja de lo que quisiera, inevitablemente nostálgica, perfeccionista, exigente, solitaria. Es el final de un camino de correlatividades y notas que estructuró mi vida. Y también, el comienzo.
Hoy es el fin del mundo. Siglos atrás sabios anticiparon que terminaría una era, que el 21 de diciembre de 2012 acabaría todo aquello que conocemos. Quizás hayan tenido razón. Puede que aún antes de que naciera ya sabían que hoy terminaría esta era, que mañana despertaré y el mundo será distinto, que he cumplido lo que el destino quiso que hiciera y empezará algo diferente a todo aquello que he conocido.
Como sea, me lanzo al vacío y no tengo miedo ni remordimientos. Estos años me enseñaron que cuando los miedos se hacen realidad, cuando lo peor que uno imagina ocurre, no sucede lo que temía. Y tampoco son iguales los mayores anhelos hechos realidad. Resistir la corriente solo demora más el devenir del universo. Por eso prefiero dejar que el fluir del mundo haga en mí lo que tenga que hacer. Y yo seguir soñando. Continuar viviendo intensamente. Haciéndome cargo de la vocación que me eligió en mi adolescencia, arropándola, protegiéndola de las tormentas, alimentándola para que crezca sana. Haciéndola propia, sin soltarle la mano y, a la vez, soltándome la mano a mí misma, para ser cada día más libre. Despojándome hasta de mi propia existencia para animarme a lo desconocido del porvenir, porvivir, porsoñar. Cada día más entusiasmada historia que escribo para, hoy de nuevo, creer que es real.
