viernes, 8 de julio de 2016

Ejercicio #1

Volvía gracias a impulsos encadenados por cierta cadencia. Salir de la universidad, buscar las escaleras, bajar. De ser posible no pagar, si ya es tarde, para qué. Doblar a la izquierda, bajar de nuevo, esperar detrás de la línea amarilla. Reaccionar ante la inminencia de la llegada del subte, prestar atención a la sirena, pie izquierdo pie derecho hacia adelante, varias veces, todas las necesarias. Buscar raudamente un asiento antes de que en la estación Independencia el flujo de estudiantes veinteañeros la convierta en una paria. Quizás alrededor todos creyeran que ella se sentía como el resto, pero lo cierto es que Laura sabía que estaba más cansada y derrotada que cualquiera. O, entendiendo que eso no podía ser cierto, reconocía que la carga de la vida propia siempre pesa un poco más. Por eso es que, aunque supusieran que era joven y saludable, el entramado de pensamientos ese día había sido tan denso que apenas podía permanecer de pie. Todo ello la obligaba a buscar su cama en su edificio en su calle en su barrio, para dejarse caer lo más pronto y profundamente posible. Para arrojarse allí entera y dejar que todas las emociones contenidas cobraran materialidad sin que nadie la observara.


Hasta ahora todo se sucedía tal cual los impulsos habían determinado. Era inocultable su satisfacción mientras caminaba. La sorprendía cuánto había logrado hacer sin decidir hacer nada, siguiendo como dormida el ovillo de Ariadna. Había llegado a su barrio y a su calle. Tan solo 20 metros la separaban de su edificio. Justo cuando aumentaba el ritmo de su andar, cuando cada pedazo de sí misma sentía ya el alivio de llegar, la fuerza de agua y más agua cayéndole encima la despertó de su ensimismamiento. Obligada a mirar para arriba, gritando sin saber muy bien qué decir, anonadada por lo que acababa de suceder, Laura entró al edificio mojada.


- Que maleducada que es la gente que a estas horas de la noche decide tirar un balde de agua fría desde su balcón sin medir las consecuencias- le dijo al portero rogando solidaridad.


- No sos la primera a la que le pasa, Laura. ¡Parece que hoy conociste al personaje más simpático del edificio! – contestó Sebastián sin poder disimular que aquello que acababa de acontecer sería el evento más importante de toda la noche, lo que le producía cierta alegría. 


Como era evidente que había realizado ese prólogo para despertar su curiosidad, y como a Laura le causaba cierto placer cumplir con las expectativas ajenas, le preguntó cuál era la historia de la vecina. Entusiasmado, el portero le contó que era una mujer de 50 años, casada con un boxeador profesional, que no veía a sus hijos desde hacía muchos años y cuyo gran amor era su perro. Aunque Laura no pidió tantos detalles, intentó parecer conforme con el perfil reconstruido y se apresuró a despedirse.


Fue en ese momento que conoció la verdadera consistencia de una tragedia. Contemplándose a sí misma en el espejo del ascensor descubrió que su pullover verde esperanza era ahora un pullover verde esperanza con lunares verde claro, o lunares verde desdicha si nos atenemos al suceso. Confirmó también que el tapado negro había adquirido sorprendentes trazos desordenados, y que el morral donde cargaba los libros era otro cómplice de la alucinación. Se quedó quieta, intentando decodificar lo que observaba. Se miró como si mirara a otra persona. Entonces entendió que el olor a calle y limpio que sentía a su alrededor desde el momento mismo del bautismo, era en realidad olor a una simple y mortal lavandina, a ese impiadoso líquido que se lleva puesto todo lo que tiene por delante, al gran protagonista mundial de tantas revoluciones de la higiene. Había sido desinfectada con lavandina del balcón de la vecina imputada por ser la más simpática del edificio, como si eso significara algo, como si alguno de sus atributos pudiera disuadir a Laura de encontrarla para decirle que le devuelva su pullover verde esperanza y su tapado monocromático. Y, de paso, su ovillo de Ariadna.


Una tormenta de decisiones estratégicas se sucedía en la cabeza de Laura. En primer lugar, le preguntaría al portero el número de unidad funcional de la susodicha. Posteriormente, iría hasta allí y le tocaría la puerta. Era muy importante evitar el timbre y acudir al golpe de puerta, para que pudiera recibir en toda su plenitud la furia de sus emociones. Algunas escenas no las tenía del todo claras, pero la última se asimilaría al hermoso sentimiento de justicia. Así cumplió lo acordado con ella misma, tocando la puerta sin saber bien qué decir. Los ladridos le confirmaron que era el departamento correcto.


- ¿Quién es? - preguntó.


- La vecina a la que le acaba de caer un balde de lavandina encima desde su balcón, señora- le contestó Laura.


El ruido de llaves la preparó. La inminencia del encuentro la mareaba (o quizás solo fuera el olor penetrante que cargaba desde el accidente). La escena era desoladora: el boxeador profesional, ya sin cabello, vestido con una polera gris y vigilando desde el fondo con sus ojos claros cansados. La mujer de 50 años envuelta en una bata infantil, rodeada de corazones, cargando un pequeño perro. Ladra porque te está pidiendo disculpas, perdoname, me quiero matar que justo pasaste, pero el pichicho había hecho sus necesidades y yo quise que tuviera todo limpito entonces tiré un poco de lavandina. Si total no pasa nadie a esta hora. Señora, yo entiendo que usted quiera preservar el ambiente del pichicho pero tiene que entender que vive en pleno Retiro y son apenas las 10 de la noche, y su balcón da a una vereda real donde la gente real como yo camina. No puede hacer esto sin entender las consecuencias, es lavandina, señora, no ve que ahora toda mi ropa tiene pintitas. Me quiero matar, querida, te pido mil disculpas. Mirá como ladra, te está pidiendo disculpas él también. Pasá por favor, ¿no es cierto, mi amor?. Decile que pase. El boxeador miró a Laura con clemencia. Y Laura pasó. ¿Cómo te llamás, querida?. Sos tan linda y joven, debés ser un amor de persona. Mirá en qué circunstancias nos conocimos, qué lástima, siendo vecinas y estando tan cerca conocernos así. Vas a pensar que estoy loca, pero no, te juro que soy una buena persona y voy a hacerme cargo de solucionar este incidente. Me llamo Laura, señora, no pienso que esté loca, tiene usted un perro muy lindo. Y, a partir de entonces, Laura se olvidó de lo que había ido a reclamar y comenzó a conversar con Alicia. Quizás su cama pudiera esperarla un rato más y recibiera con regocijo la narrativa del suceso. Si, a fin de cuentas, necesitaba un pullover nuevo.

2016



¿Existe la idea de un blog de blogs que pueda reunir todos lo que escribí en los últimos 10 años?

¿Tengo que elegir a uno como a mi favorito o puedo seguir visitándolos cada algunos años para recordar la que ya no soy o sigo siendo pero entre tantas otras?

¿cada vez que vuelvo a repensarme debo volver a abrir otro blog o puedo tomar uno por azar, como por ejemplo este, y volver a darle contenido?

¿por qué sigo haciendo privados mis pensamientos y sin embargo sigo publicándolos? ¿qué significa tener un blog público pero no contarle a nadie que allí afuera, en algún lugar indeterminado de internet, existe?

¿vuelvo los papeles dispersos en esta plantilla virtual o será que pierden el encanto?

¿qué significan mis silencios y mis volver a escribir?

¿qué busco?

martes, 6 de agosto de 2013

Me había preguntado si algún día llegaría a amarte. Verte mirándome por verme mirándote. La primera conversación, el vértigo de la pregunta, desear con todas mis ganas que aquello que era fuera lo que querías que sea. Recuerdo cada instante de esa construcción de familiaridad; supongo que por eso pienso tanto al respecto. El libro que me prestaste y las locas interpretaciones que hice de cada línea de cada poesía que en él me aguardaba. Y todo lo que vino después hasta que ya no supe qué pasaba. La temprana despedida y el reencuentro. Los besos prohibidos en el ascensor de servicio. Desearte cada día más y sentir que ya no era ni duda ni elección.

Entonces te amé. Salí de mí y me entregué al nosotros que día a día se hacía más ineludible. Te quise y cuando ya el corazón no me dio para más te amé para poder darme entera, darte mi pretérito, mi presente y mi futuro. Entregarte todo lo que era y todo lo que podría ser a tu lado, y también todo lo que decidí nunca ser porque amarte era todo lo que cabía en mí. Olvidé los días de la semana y las penurias cotidianas, y también las alegrías, y solo pude amarte y nada más que amarte.

Cuando ya nada quedaba de mí, te fuiste. Quizás ese fue mi error, alojarme en vos asumiendo que compartiríamos el universo hasta el fin de los tiempos. Nunca lo sabré pero -por las dudas- nunca podré perdonármelo. Celebré tu decisión personal y vi irse con vos todo cuanto había deseado. En el momento mismo en que me despertó la carta de aceptación cada ilusión hecha de agua se condensó para dispersarse en el aire y nunca más volver. Era un bello espectáculo, lo admito. Esas escenas verdaderamente tristes que tienen algo de poesía y a mí me gustan tanto. Hoy entiendo que quedarme fue mucho más una decisión que una circunstancia. Por eso también entiendo que lo siga siendo.

Te odié porque era más fácil odiarte y sin embargo te amé de todas las enfermizas formas posibles, desafiando lo correcto, lo conveniente y lo justificado. Guardé el secreto hasta de mí misma porque tuve miedo de ser muy dura conmigo, reprenderme y -lo que hubiera sido peor- no poder seguir amándote. Encontraste el camino de regreso pero volviste a irte, una y otra vez, y cada vez que nos encontraba juntos en un aeropuerto me prometía que te odiaría para dejar de amarte. Y así te odiaba y te amaba a la vez, durante años enteros. Y también te esperaba, claro.

Hasta que un día cualquiera me empecé a preguntar si llegaría a dejar de amarte. O si todavía te amaba. O si alguna vez te amé. Y en ese momento supe que ya había dejado de hacerlo. La vida debe estar en otra parte, escucho. Qué va a ser de mí, también. La incomodidad de volver al vértigo de la primera cita, la sospecha que nunca hallaré alguien que cuide mi sueño y aleje mis pesadillas. Haber deseado tanto que seas vos y llorar que no seremos aquello que quisimos ser. No poder evadir más la verdad y tener que afrontar el duro proceso de dejar de intentar resucitar algo que ya está muerto. 

sábado, 20 de abril de 2013

Pensamientos antiguos que permanecían en el éter virtual


Pasaron unos días. O casi unos años. O ni un segundo. Quizás todavía siga en el mismo momento. Da lo mismo. Ya no importa. Lo cierto es que habito un lugar en mi pecho donde el tiempo no transcurre y la duda permanece. O se ensancha o se agranda o contagia de a poco los lugares sanos donde solía refugiarme. O esconderme. De mí misma, incluso.

Nadie nota cómo los síntomas se transforman en cambios, la anticipación se hace presente, las predicciones realidad, y yo me siento cada vez más sola con esto que pasa conmigo. Más lejos. Más en medio de la nada. Quizás acostumbrarme a tanta soledad sea el preludio perfecto para irme y prescindir de todo aquello que, noches como hoy, extraño tanto. Sentir que nadie puede sentarse a construir filosofías y literaturas conmigo. O que no desean hacerlo. Llorar y llorar y pensar que un abrazo me vendría tan bien en este momento. No les echo la culpa, mi sinceridad puede ser demasiado para una sola vida. Seguramente yo tampoco me animaría. Hasta yo me canso de tanta complejidad, del mundo tan denso que construyo para seguir ahondando en lo imperfecto de la vida.

Nace dentro de mí algo que no era mío pero me pertenece, y no sé si cerrar los ojos o hacerme responsable por ese perfume, mezcla de certeza y deseo, que cada vez me cuesta más eludir. Es saber que o me comporto a la altura de las circunstancias y me lanzo al vacío, ese que me atreví a desear sin medir las consecuencias, o me acostumbro a este resultado sub óptimo que me rodea. Momentos como este me hacen lamentar ser tan exigente conmigo misma. Resulta tan tentador evitar.

Es irme a dormir conmigo misma y darme cuenta que a mí no puedo mentirme, no puedo eludirme, no puedo engañarme ni aplazarme. Saber que tengo que irme, y sentir que quizás sea la decisión más difícil que haya tenido que tomar en toda mi vida. Y que, sin embargo, ya fue tomada.

Es decidir saber y hacer o ignorar y actuar como si no supiera. Pero saber que después de saber no se puede olvidar.

sábado, 16 de marzo de 2013

Não amo São Paulo, suas ruas, sua cultura, seus museus. Todo isso que eu falo é mentira. O que eu amo, embora não reconheça, é o que ele representou.

O caminho que fazia da casa à universidade, sem tempos nem medos, sem sons nem fantasmas. O passar dos dias sem nervos nem pesadelos. As sestas no cepeusp. Os finales de semana longe de tudo e perto de mim.

Será que poderei achar numa outra cidade, num outro lugar, a mesma sensação no meu peito? Será que poderei acha-la aquí?

domingo, 27 de enero de 2013

Todavía no sé cómo logro que nadie se dé cuenta que camino sin saber a dónde carajo voy...

viernes, 21 de diciembre de 2012

Vigilia

 ¿Cuál será la diferencia entre esta que soy yo y aquella que seré mañana? 
"Para mi nieta Florencia, lectora impertinente y destacada estudiante Cs. Políticas"


Y digo "mañana" con todo el significado de su inmediatez, de ser solo una pilita de horas, solo un rato entre ratos, solo una sucesión de actividades cotidianas que cualquier ser humano desarrolla para su reproducción material, como comer, dormir, pensar, soñar -y yo quizás más que nadie pero como siempre, soñar más y de nuevo-. Que sea solo eso lo que me separe de ser algo que ya vengo siendo, de conquistar el territorio que de a pedazos voy haciendo propio, que ya es más mío que cualquier otra cosa que me pertenezca. Como una promesa con mi propia existencia, un destino anterior a mí, un duelo contra mis propias predicciones fatales. El materializar cada elemento de una foto que imaginé cuando aprendí a imaginar.

Es más que la suma de 36 materias, de decenas de áreas de conocimiento; más que un analítico, una instancia de examen, un último viaje en tren y colectivo hacia un lugar y una meta determinados. Más que ese felicitaciones la materia ha sido promocionada que un profesor indeterminado le dice a uno cuando se despide. Y los logros insólitos que me propongo para recordar que valgo más que el reflejo chato e inanimado de un espejo, que no se aproxima ni un poco a la inmensidad de este universo que tengo adentro, con sus propios dioses y fantasmas, guerras y revoluciones, tragedias y superaciones. Saber que ni yo misma terminé de conocer lo que tengo adentro, decirme buenas tardes mucho gusto y usted cómo llegó aquí. Descubrir que como en la caja de pandora el infinito inexplorado me aguarda acá adentro.

Son 7 años de vida, mis 7 años de adultez volcados estratégicamente pero con pasión hacia un deseo que hice propio hace ya demasiado tiempo. Son las clases del taller de Sociales a mis 13 años donde supe que el mundo era más grande que como me habían enseñado de chiquita, donde elegí esta vocación que nadie comprendió y hoy celebran conmigo. O quizás haya sido la vocación la que me eligió a mí. Es cada elección que hice que me llevó a ser quien soy y estar donde estoy ahora, a punto de recibirme y con la carga emocional que eso me implica. Fue el rechazo a la súplicas de mi abuela Teresa que me auguraba un futuro trágico a menos que hiciera caso a su sugerencia y estudiara Contabilidad. Es el empezar a hablar a mis 10 meses, no haber dejar de leer ni un día desde mis 5, y seguir escribiendo diarios íntimos -en papel, servilletas, wordpad, o incluso en este blog- para creer esta hermosa historia en la que soy real. Es cada persona que abandonándome o desconfiando de mí me hizo más fuerte. Y más aún, son las que me acompañaron sin pedir nada a cambio.

Lleva consigo el viaje que emprendí y su desarraigo. El no haber vuelto más. Todas las yo anteriores que contengo, y las yo en potencia que algún día seré. Son las noches sin dormir, los fines de semana en reclusión por estudio, las noches que no salí, los proyectos que rechacé, las personas que perdí en el camino. Es mi abuelo que aunque hoy no esté sigue confiando en que me convertiré en una gran politóloga, que me regaló mi primer libro adulto -Platero y yo, como las generaciones anteriores hacían, claro- y me enseñó a leer los diarios. Es no entender por qué hoy no está conmigo, pelearme con el mundo porque haya tenido que irse apenas unos meses antes de que me convirtiera en eso que él soñó que sería (y seré). Es saber que cada cosa que pasa me hace más y más fuerte, más y más adulta, más y más genuina. Y sin embargo, necesitarlo mañana tanto, tanto.

Es tener pánico al futuro y saber que lo mejor está por venir. Saberme más adulta y más chiquita que nunca. Son las incongruencias e imperfecciones que me hacen así, más compleja de lo que quisiera, inevitablemente nostálgica, perfeccionista, exigente, solitaria. Es el final de un camino de correlatividades y notas que estructuró mi vida. Y también, el comienzo.

Hoy es el fin del mundo. Siglos atrás sabios anticiparon que terminaría una era, que el 21 de diciembre de 2012 acabaría todo aquello que conocemos. Quizás hayan tenido razón. Puede que aún antes de que naciera ya sabían que hoy terminaría esta era, que mañana despertaré y el mundo será distinto, que he cumplido lo que el destino quiso que hiciera y empezará algo diferente a todo aquello que he conocido.

Como sea, me lanzo al vacío y no tengo miedo ni remordimientos. Estos años me enseñaron que cuando los miedos se hacen realidad, cuando lo peor que uno imagina ocurre, no sucede lo que temía. Y tampoco son iguales los mayores anhelos hechos realidad. Resistir la corriente solo demora más el devenir del universo. Por eso prefiero dejar que el fluir del mundo haga en mí lo que tenga que hacer. Y yo seguir soñando. Continuar viviendo intensamente. Haciéndome cargo de la vocación que me eligió en mi adolescencia, arropándola, protegiéndola de las tormentas, alimentándola para que crezca sana. Haciéndola propia, sin soltarle la mano y, a la vez, soltándome la mano a mí misma, para ser cada día más libre. Despojándome hasta de mi propia existencia para animarme a lo desconocido del porvenir, porvivir, porsoñar. Cada día más entusiasmada historia que escribo para, hoy de nuevo, creer que es real.